LA ÚLTIMA TRAICIÓN; EL SILENCIO QUE OLÍA A VERDAD

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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El olor habló primero.

No fue una denuncia formal ni una inspección de rutina lo que reveló el horror, sino la insistencia del aire. Vecinos de la colonia Granjas Polo Gamboa, en esta ciudad alertaron sobre un hedor insoportable. Lo que encontraron las autoridades no es fácil de narrar: habitaciones repletas de cuerpos apilados, muchos sin refrigeración, algunos desnudos, otros envueltos en cobijas, algunos más embalsamados e incluso con trajes de “gala”. Más de 380 cadáveres olvidados en un crematorio que, según registros, seguía operando con permisos en regla.

Y mientras escribo esto, una pregunta no me deja en paz:

¿Quién cuida de nuestros muertos cuando el sistema falla?

El crematorio, identificado como Servicios de Cremación Juárez, fue contratado por varias funerarias locales para realizar los servicios finales. Las familias pagaron por una cremación que al parecer no ocurrió recibieron urnas con supuestas cenizas, firmaron documentos oficiales, lloraron, hicieron altares. Hoy, algunas de ellas no saben si realmente despidieron a quien amaban, o si su ser querido sigue ahí, apilado entre otros restos humanos que nunca llegaron a destino.

En esta ciudad, hablar de muerte lamentablemente es habitual. Pero esto es distinto.

Esto es la última indignidad.

Porque el duelo necesita verdad. Y lo que pasó aquí no solo rompe la ley, rompe también el pacto más básico de humanidad: el derecho a morir con dignidad, y a ser llorado con certeza.

Lo que estremece no es solo la cantidad de cuerpos, sino lo que revela el caso: una cadena de corrupción, omisiones y negligencia donde los más pobres vuelven a ser los más vulnerables. ¿Quién se pregunta si una cremación fue hecha o fingida cuando apenas hay dinero para el ataúd? ¿Qué familia se atreve a exigir pruebas si no sabe ni cómo hacerlo? El Estado debería estar ahí para garantizar que el dolor no se vuelva abuso, pero falló. Otra vez.

Las autoridades dicen que no se trató de homicidios, que “todos los cuerpos estaban registrados con su respectiva acta de defunción”. Tal vez. Pero eso no anula la gravedad. No haber matado no significa no haber violado algo profundo: la confianza, la memoria, la dignidad.

Más de 380 cuerpos fueron abandonados. ¿Cuántas familias están hoy llorando dos veces?

Este no es solo un caso policial. Es una herida colectiva que nos obliga a preguntarnos en qué momento normalizamos el abandono, incluso después de la muerte. Si ni en el último suspiro tenemos certeza, si ni los muertos descansan en paz, ¿qué nos queda como sociedad?

La verdadera justicia no será solo castigar a los culpables, sino garantizar que esto no vuelva a pasar. Y para eso, necesitamos más que leyes. Necesitamos conciencia. Necesitamos humanidad.

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