A inicios de la semana escribí con el corazón apretado; hoy lo hago con el estómago revuelto. Lo que comenzó como un hallazgo atroz de cuerpos sin cremar en el crematorio Plenitud ha revelado, en apenas unos días, una red de omisiones que huele más a encubrimiento que a simple negligencia.
Lo nuevo que sabemos
- El conteo subió a 383 restos humanos y la Fiscalía admite que algunos llevaban entre tres y cuatro años ahí.
- Seis funerarias contrataron el servicio que nunca se realizó: Luz Divina, Capillas Protecto Deco, Del Carmen, Ramírez, Latinoamericana y Amor Eterno.
- El crematorio operaba “con todos los permisos”. ¿Quién los otorgó? En 2016 la Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Coespris) estaba encabezada por María Eugenia Galván Antillón, madre de la actual gobernadora. Su gestión duró hasta 2021.
No acuso —todavía— a la gobernadora de intervención directa, pero resulta imposible no señalar la coincidencia: el permiso inicial nació bajo la firma de su madre. Si eso no amerita una explicación pública, ¿qué sí?
No fue “un error administrativo”
En 2020 la Coespris multó al crematorio por acumular cadáveres; aun así le permitió seguir operando.
Hoy nos quieren vender la idea de que tal vez “no hay delito que perseguir” porque todos los cuerpos tenían actas de defunción. Como si falsificar una cremación y violar el duelo de cientos de familias fuera mera falta de papeleo.
El fraude más cruel
Las urnas con “cenizas” que nunca ardieron constituyen un fraude emocional. El duelo se sanea con certezas; aquí sólo hay dudas:
“¿A quién enterramos realmente? ¿Dónde quedó mi despedida?”
Lo que exigimos
- Investigación a fondo de las seis funerarias y de los funcionarios que renovaron permisos pese a las sanciones.
- Transparencia total sobre quién autorizó cada trámite y bajo qué criterios sanitarios.
- Responsabilidades penales, no solo administrativas, para quienes trocaron dolor por lucro.
Ciudad Juárez ya carga suficiente muerte; no merece además que lucren con ella. La última traición continúa y, si callamos ahora, el silencio volverá a oler a verdad.
Seguiré atenta. Porque la dignidad —aún después de la vida— no se negocia.
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