Jasiel tenía ocho años. Lo reportaron como desaparecido el pasado martes por la tarde en la ciudad de Chihuahua. Para el miércoles, su cuerpo fue encontrado sin vida, envuelto en una bolsa negra, abandonado en un terreno baldío. El horror de su muerte estremeció por un momento las redes sociales y los noticieros. Pero pronto, la conversación pública cambió el enfoque: no hacia el crimen, sino hacia la identidad de quien lo cometió.
El presunto asesino de Jasiel era su padrastro, una persona que se identificaba como hombre, pero que biológicamente nació mujer. Esta revelación desvió el centro del debate: la violencia infantil fue reemplazada por la polémica sobre género, cárceles y política identitaria. El pequeño fue borrado del centro de la tragedia. Otra vez.
México es un país donde la niñez vive en constante riesgo. De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM), cada día mueren al menos tres niñas o niños por causas violentas. La mayoría de las agresiones ocurren dentro del entorno familiar: padres, padrastros, tíos, parejas de la madre o del padre. No son hechos aislados, son patrones que se repiten en silencio. El monstruo rara vez se esconde en la calle. Suele dormir bajo el mismo techo.
En el caso de Jasiel, no sabemos si hubo señales previas. Lo más probable es que sí. Casi siempre las hay: moretones que se explican con torpeza, silencios largos, miradas que piden ayuda sin palabras. Pero en una sociedad donde ser madre sola muchas veces implica sobrevivir como se puede, muchas mujeres terminan dejando a sus hijos con quien esté dispuesto a “ayudar”, sin saber si están protegiendo o exponiendo.
Lo que debió ser un caso que nos llevara a replantear los protocolos de protección, las alertas preventivas, el seguimiento a familias en riesgo, se convirtió en un campo de batalla ideológico. Algunos sectores aprovecharon para atacar a la comunidad trans, como si el delito tuviera relación con la identidad de género del agresor. Otros, en un intento de ser políticamente correctos, esquivaron el tema o minimizaron el hecho.
Pero ni una cosa ni la otra ayudan. La justicia no debe confundirse con ideología. No se trata de señalar a una comunidad por lo que hizo un individuo, pero tampoco de callar cuando hay un crimen, por miedo a incomodar. Lo cierto es que el género del agresor no cambia lo que ocurrió: un niño fue asesinado brutalmente. Usar su muerte para atacar a otros es tan cruel como ignorarla por proteger discursos.
Jasiel no murió por ideología. Murió por violencia. Y mientras discutimos etiquetas, seguimos sin responder lo más importante: ¿quién protege hoy a las infancias? ¿Dónde está el Estado? ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que este tipo de casos no sigan ocurriendo?
Hablar de Jasiel es hablar de un sistema que no llega a tiempo. De una sociedad que mira hacia otro lado. De una niñez que sigue sin ser prioridad. Y también de la necesidad urgente de tener conversaciones más profundas y responsables sobre violencia, familia, género y justicia.
Porque si este crimen se convierte solo en un “trending topic” más, entonces le habremos fallado doblemente: por no protegerlo en vida… y por borrarlo de la memoria en muerte.
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