En los últimos años, hemos escuchado —y también sentido— cómo la gentrificación se ha vuelto un fenómeno incómodo en ciudades como Ciudad de México, Cancún, Tulum o incluso Oaxaca, ha sido motivo de marchas y manifestaciones recientemente en CDMX.
Llegan extranjeros con dólares o euros, alquilan o compran casas a precios impensables para los locales, suben las rentas, abren negocios hipsters, hablan en inglés en las tienditas de la esquina… y entonces los vecinos protestan: “esto ya no es nuestro”. La crítica se hace fuerte y legítima. ¿Pero por qué cuando ocurre algo parecido en Monterrey, nadie dice nada?
Me encontré con este tema viendo un video sobre la comunidad coreana en Nuevo León y no pude evitar preguntarme: ¿no estamos acaso frente a un caso de gentrificación, pero sin escándalo? Y si sí, ¿por qué no lo nombramos como tal?
En Monterrey, particularmente en municipios como Apodaca, Guadalupe y Pesquería, la comunidad coreana ha crecido de forma exponencial en los últimos diez años. Desde la llegada de la automotriz Kia Motors en 2015, junto con decenas de empresas proveedoras de origen surcoreano, miles de personas coreanas —técnicos, directivos, obreros calificados y sus familias— se han establecido en la zona. Hoy se calcula que viven entre 3,000 y 8,000 coreanos en el estado.
Lo interesante no es solo la cifra, sino la manera en que la ciudad se ha adaptado cultural, comercial y socialmente a esta migración extranjera. Se han abierto supermercados coreanos, peluquerías, restaurantes con letreros en hangul, clínicas estéticas especializadas, iglesias que ofrecen servicios religiosos en coreano y hasta escuelas con programas bilingües. El municipio de Pesquería es conocido ahora como “Pescorea”, un juego de palabras que revela mucho más que un apodo pintoresco: habla de la creación de un nuevo tejido social, urbano y económico en función de esta comunidad.
Esto representa una transformación del territorio. Y sin embargo, no se le llama gentrificación.
El fenómeno parece pasar desapercibido en la conversación nacional. A diferencia de lo que ocurre con estadounidenses o europeos en barrios tradicionales de la CDMX o playas del Caribe, en Monterrey no hay protestas vecinales, ni editoriales en contra, ni influencers acusando a la comunidad coreana de “colonizar culturalmente” la zona. ¿Será porque los coreanos no publican reels en español chueco hablando de su “nueva vida sencilla” en México? ¿O hay algo más profundo?
Aquí es donde me detengo a pensar. En el fondo, la gentrificación no es solo el acto de habitar un espacio y cambiar su lógica de uso o valor económico. También es una narrativa que se construye sobre ciertos cuerpos, ciertos acentos, ciertos privilegios. En la Roma o en la Condesa, la crítica se dirige a quienes llegan con mochilas caras y computadoras Apple a trabajar de nómadas digitales desde un café de especialidad. Pero en Monterrey, los migrantes coreanos no representan una clase bohemia: vienen a trabajar a fábricas, a desarrollar industria, a mover la economía.
Y eso, parece, les da permiso. Quizá la diferencia radica en cómo los imaginamos. Al “gringo” de la Roma lo vemos como alguien que nos quiere desplazar; al coreano de Pesquería como alguien que vino a aportar. Al primero se le juzga por invadir el espacio; al segundo, se le aplaude por generar empleos.
Pero ambas situaciones —cada una con sus matices— transforman el entorno. Ambas modifican precios de vivienda, rutas de transporte, oferta comercial, relaciones entre vecinos. Ambas insertan nuevas culturas que reconfiguran la cotidianidad. Sin embargo, solo una se convierte en problema público.
Entonces, más allá del origen de quienes llegan, tal vez la pregunta importante es: ¿a quién le permitimos transformar nuestras ciudades sin incomodarse? ¿A quién le cedemos el espacio y el discurso sin discusión? Porque no se trata de rechazar al extranjero, ni al inversionista, ni al migrante. Se trata de poner en evidencia que no todas las migraciones son leídas igual, y que eso también habla de nosotros.
Nota: Este texto no plantea que la presencia de la comunidad coreana en Monterrey cumpla con todos los criterios clásicos de la gentrificación —como el desplazamiento forzado o la especulación inmobiliaria—. Sin embargo, sí propone reflexionar sobre cómo ciertos procesos de transformación urbana y cultural se aceptan o problematizan según quiénes los protagonizan.
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