¿Qué pasa cuando, con un esfuerzo extra, nos aventuramos a ser emprendedores con todo lo que eso implica?
Cuando la necesidad es más fuerte que el miedo, cuando una pensión de maestra no alcanza, o simplemente quieres sentirte útil… o eres la única que sostiene su hogar.
¿Qué pasa si en México nuestras aspiraciones están secuestradas por la delincuencia?
Hace unos días fue Irma Hernández Cruz.
Sí, tenía nombre, rostro y un futuro. No era “esta persona”, como la llamó nuestra presidenta, en una muestra más de la frialdad institucional con la que se ignora el dolor ajeno.
Irma no solo era una mujer.
Era madre, hija, hermana.
Una mujer que no cometió más delito que salir a ganarse la vida con dignidad.
No cumplió con “la cuota” de derecho de piso exigida por un grupo criminal.
Fue secuestrada.
Obligada a grabar un video arrodillada, rodeada de hombres armados.
Y luego, murió de un infarto provocado por el miedo extremo al que fue sometida.
Sí, la mataron.
Ese video circula en redes como una herida abierta.
Duele, quema, arde.
Pienso en su familia, en sus amigos, en sus exalumnos…
Y la indignación se siente a flor de piel, porque Irma ahora es un número más, parte de las estadísticas y de un carpetazo del montón.
Pienso en la desesperación de quienes se quedaron con las manos vacías, la garganta hecha nudo y la vida destruida.
Y me pregunto: ¿quién sigue?
Porque mientras el gobierno declara que “están investigando”, los criminales se organizan.
Mientras las autoridades tiemblan, ellos avanzan.
Otra raya más al tigre para un país regido con cobardía.
Aquí se legisla con discursos, se administra el miedo y se evaden responsabilidades.
El pinche BIENESTAR que tanto venden solo aplica para los de arriba.
La mayoría —que en realidad es la minoría olvidada— no tiene garantía de inmunidad, mucho menos de justicia.
Este es solo un caso más de los cientos que van a seguir sucediendo en un país donde se gobierna encogido, con las rodillas tembleques y con mano blandita.
Parece que los abrazos no funcionaron…
¿A qué se enfrenta el mexicano honrado que todos los días sale a buscar el sustento, sorteando un sinnúmero de peligros, haciéndolo parecer un deporte extremo?
A salir de su casa rogando regresar.
A rezar porque no lo asalten, no lo levanten, no lo maten.
A fingir normalidad mientras siente que, en cualquier momento, puede tocarle.
Cada vez hay más grupos criminales porque saben que las investigaciones no llegarán hasta ellos.
Porque siempre encuentran a un inocente que presentar como “sospechoso”, y eso basta para calmar la presión social, ya que la indignación es fugaz.
Saben que a esta sociedad se le olvida rápido.
No damos seguimiento, no exigimos justicia por mucho tiempo.
Y mientras nosotros olvidamos, ellos se fortalecen, en la certeza de que no habrá castigo.
En México, ser decente no es un escudo.
En este país, ser honrado te deja indefenso.
La honestidad aquí no da paz, da miedo.
No tenemos cómo protegernos, ni respaldo, ni a quién recurrir.
Y sin garantías de regresar a casa con vida.
En México no solo están matando personas: están apagando la esperanza de millones.
Las calles se han vuelto territorio de nadie, y la impunidad, la norma.
Nos están sepultando.
El caso de Irma nos llena de rabia, de tristeza compartida, de ese luto que no termina, porque cada día hay nuevas víctimas y nuevas ausencias.
Nos están enterrando vivos, junto con nuestra rabia, nuestra voz callada y el dolor de nuestras familias.
Vivimos en un país que se pudre desde el centro, mientras sus habitantes cargamos el peso de una realidad que no nos favorece; donde las familias no duermen tranquilas, viven con el miedo de ser las siguientes.
Vivimos en un duelo colectivo que nadie reconoce, nadie acompaña y, lo más cabrón: nadie detiene.
“El Estado que no protege a su gente, no merece su respeto.”
Pero… P’S CADA QUIEN.
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