CUIDAR PARA EMPODERAR

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Dicen que el cuidado es amor en acción. Sin embargo, durante siglos ese amor ha sido invisible, no reconocido y, sobre todo, no remunerado. Las mujeres hemos cargado con la mayor parte de esas tareas: cuidar hijos, personas mayores, enfermos, la casa… y, en el camino, renunciar a nuestros sueños, empleos y espacios de decisión. No por falta de capacidad, sino por falta de condiciones.

Por eso, lo que ocurrió hace unos días puede marcar un antes y un después: la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reconoció el cuidado como un derecho humano fundamental. Esto significa que las tareas domésticas y de atención —desde cambiar un pañal hasta acompañar a un adulto mayor al médico— no son solo una responsabilidad individual, sino un asunto social y de justicia.

En México, esta conversación no se quedó en la teoría. En la Ciudad de México, la jefa de Gobierno Clara Brugada presentó una propuesta para que el cuidado y el autocuidado se reconozcan como derechos universales en la Constitución local. Esto implicaría la creación de un sistema público de cuidados que redistribuya, reduzca y reconozca este trabajo, ofreciendo servicios gratuitos como estancias infantiles y centros de día para adultos mayores. Suena ambicioso, pero también urgente.

A nivel nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció la construcción de mil centros de cuidado infantil como parte de la estrategia para construir una “sociedad del cuidado”. Y aquí es donde todo se conecta: si logramos garantizar que las mujeres —y hombres— tengan acceso a estos servicios, estaremos dando un paso real hacia el empoderamiento femenino. Porque no se puede hablar de igualdad de oportunidades cuando una mujer debe elegir entre trabajar o cuidar a su familia.

La XVI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, celebrada en Ciudad de México, dejó claro que este es un tema regional. La CEPAL estima que invertir hasta el 4.7% del PIB anual en políticas de cuidado podría generar un aumento significativo del empleo femenino y fortalecer el tejido social. No es un gasto: es una inversión que se multiplica en bienestar y desarrollo.

Pero también debemos reconocer que esta no es solo una discusión de infraestructura o presupuestos. Se trata de cambiar la forma en la que entendemos el cuidado. Mientras sigamos viéndolo como un “trabajo natural” de las mujeres, cualquier política quedará coja. Necesitamos transformar la cultura, redistribuir las tareas dentro de los hogares y reconocer que cuidar es responsabilidad de todas y todos.

Pienso en tantas mujeres que conozco —vecinas, amigas, compañeras— que han dejado pasar oportunidades de estudio o ascenso laboral porque no tenían con quién dejar a sus hijos o porque cuidar a un familiar enfermo les consumía todo el tiempo y energía. ¿Cuánto talento hemos perdido como sociedad por no garantizar algo tan básico? Y lo más triste: muchas veces ni siquiera ellas se reconocen como trabajadoras de tiempo completo, porque el cuidado, al no tener salario, parece no tener valor.

Ahora bien, que la ley lo reconozca es un primer paso. El reto será implementarlo sin que se convierta en letra muerta. Necesitamos sistemas eficientes, personal capacitado, infraestructura digna y, sobre todo, voluntad política sostenida en el tiempo. Y aquí es donde la ciudadanía debe entrar: exigir, vigilar, proponer. Porque ningún derecho se mantiene vivo si no se defiende.

Cuidar no debería ser un obstáculo para que las mujeres se desarrollen; al contrario, debería ser un punto de partida para que podamos elegir libremente nuestros caminos. Cuando el cuidado se reconoce, se reparte y se apoya, se abre espacio para que las mujeres participemos en política, en economía, en cultura… y para que también cuidemos de nosotras mismas.

En el fondo, este no es solo un tema de mujeres. Es un tema de humanidad. Cuidar y ser cuidado nos recuerda que todas y todos, en algún momento de la vida, necesitamos de otros. Reconocerlo como un derecho es también un acto de humildad y de justicia.

Hoy tenemos la oportunidad de empujar una transformación histórica. Que el cuidado deje de ser invisible y se convierta en la base de un verdadero empoderamiento. Porque cuidar también es sembrar libertad.

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