UNA NIÑA, UN BISTURÍ, UN PAÍS EN DEUDA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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En días recientes nos enteramos del fallecimiento de Paloma Nicole, una adolescente de 14 años en Durango, tras someterse a una cirugía estética, no es solo una tragedia familiar. Es el reflejo brutal de los vacíos legales, institucionales y sociales que permiten que hechos así ocurran en un país que parece no haber aprendido a proteger a su niñez. Detrás de esta historia no solo está un bisturí y un quirófano, sino un entramado de permisividad y negligencia que se extiende mucho más allá de un solo médico o una clínica.

En México, las intervenciones estéticas se han multiplicado en los últimos años. El mercado ofrece desde procedimientos ambulatorios hasta cirugías mayores, y no son pocas las clínicas que operan sin la vigilancia adecuada, al amparo de un sistema de salud saturado y de autoridades que se declaran rebasadas. La cirugía estética se ha convertido en un negocio tan rentable como riesgoso, donde la línea entre la ética y el lucro se borra con demasiada facilidad. En ese escenario, una menor de edad terminó en una mesa de operaciones, y la consecuencia fue fatal.

El Estado tiene una responsabilidad ineludible. No basta con abrir carpetas de investigación ni con suspender temporalmente a los médicos implicados. La pregunta es por qué existen clínicas que aceptan operar a una adolescente, por qué no hay mecanismos de supervisión estricta, por qué no se prohíben de manera tajante las intervenciones estéticas en menores salvo por razones médicas comprobadas. Mientras no se legisle y se fiscalice con firmeza, la vida de otras niñas seguirá dependiendo del criterio —o la falta de él— de quienes priorizan el negocio sobre la seguridad.

La familia también está en el centro de este debate. Una menor no puede ni debe cargar con la decisión de modificar su cuerpo de manera irreversible. Para eso existen tutores, para eso existe la figura legal de la patria potestad, precisamente porque un adolescente aún no tiene la madurez para comprender riesgos de tal magnitud. Que Paloma Nicole haya llegado a un quirófano habla también de una cadena de omisiones y permisos tácitos que nunca debieron darse. El derecho a una infancia segura es una obligación de los adultos, no un privilegio opcional.

La sociedad tampoco queda exenta. Hemos construido un entorno donde los estándares de belleza pesan más que la salud, donde el cuerpo se convierte en un pasaporte de aceptación y donde la presión estética inicia cada vez más temprano. No es casualidad que adolescentes y preadolescentes aspiren a “arreglarse” antes de siquiera terminar de crecer. Las redes sociales, la publicidad y una cultura que premia la apariencia han creado un terreno fértil para que la cirugía estética se perciba como un camino normal, incluso deseable, sin dimensionar que también puede ser letal.

Pero más allá de las culpas individuales, lo que este caso desnuda es la ausencia de un Estado protector y de un marco normativo sólido. Una muerte como la de Paloma Nicole debería ser suficiente para que el Congreso discuta de inmediato una reforma integral: que se prohíban las cirugías estéticas en menores de edad por razones no médicas, que se establezcan sanciones más severas para clínicas y médicos que incurran en estas prácticas, que se refuercen los controles de vigilancia sanitaria y que se impulsen campañas de concientización sobre salud emocional y corporal en la adolescencia.

Cada día que pase sin cambios legales y sin medidas preventivas, se corre el riesgo de que esta tragedia se repita. No basta con indignarnos frente a un caso mediático; se trata de exigir que nunca más una niña sea víctima de la negligencia y de la cultura de la apariencia. No se trata de un caso aislado, sino de una advertencia. Lo que está en juego no es solo la ética médica, sino la capacidad del Estado para proteger la vida de quienes más lo necesitan: los menores.

Paloma Nicole no debería ser recordada únicamente como la adolescente que murió en una cirugía estética. Debería convertirse en el punto de quiebre que nos obligue a repensar nuestras leyes, nuestra vigilancia sanitaria y nuestra cultura social. Si este caso termina en el archivo del escándalo pasajero, habremos fallado otra vez. Su muerte no puede quedarse en la anécdota ni en el expediente de una fiscalía. Tiene que convertirse en un llamado urgente para cerrar de una vez los vacíos que hoy permiten que la vida de una niña se pierda en un quirófano que nunca debió recibirla.

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