!JUSTICIA PARA PALOMA!, !LEY NICOLE!

P’S CADA QUIEN Por Sonia Espino

0
1155

Que la capacidad de asombro nunca nos abandone, porque quizá sea la única cualidad que nos salve como sociedad: gritar ante las injusticias y no dejar que lo imposible quede impune.

En nuestro país acaba de suceder un hecho que provoca frustración, un nudo en la garganta y mil preguntas: la muerte de Paloma Nicole, una niña de 14 años que apenas empezaba a vivir, puesta literalmente en las manos de un carnicero (y que me perdonen los carniceros por la comparación). Resulta increíble que el sentido común sea tan escaso hoy en día.

¿Cómo es posible que una adolescente en pleno desarrollo fuera sometida a tres procedimientos estéticos que, para cualquier adulto, ya son agresivos, pero que para una niña de 14 resultaron fatales? La persona que más debía cuidarla fue quien la llevó a la muerte: su madre.

Por fotografías que circulan en medios, es claro que la señora era fanática de las cirugías estéticas. Y está bien: cada quien hace con su cuerpo un papalote. El problema es fomentar y sembrar esa obsesión en una niña. Eso ya no es gusto personal, es una estupidez garrafal. No importa si la niña “quería” o no: ¿cómo una madre permite algo así y encima lo facilita?

Las autoridades deben endurecer aún más las especificaciones legales para proteger a los menores, porque cada vez son más frecuentes estos casos, respaldados por padres que, en vez de cuidar, empujan a sus hijas al límite. La clínica, técnicamente, no hizo nada ilegal: tenía el consentimiento de la madre. Pero lo más escabroso es que ella misma acompañó a su pareja sentimental -el cirujano que la operó-, como si tener una relación con un médico te volviera de repente especialista en medicina.

Las cirugías estéticas -liposucciones, implantes, rellenos- se hacen para modificar un cuerpo sano y encajarlo en un ideal de belleza que, por cierto, cambia cada temporada. En cambio, las cirugías reconstructivas tienen otro fin: corregir malformaciones, reparar daños o atender condiciones médicas que afectan de verdad la salud. Hay adolescentes con macromastia que sufren dolor de espalda, irritación, hongos o problemas posturales. Ahí la cirugía ya no es vanidad, sino terapia. Pero ese no era el caso.

Como padres, tenemos que fortalecer la autoestima de nuestros hijos, no enseñarles que “verse bien” equivale a someterse a cirugías invasivas para las que su cuerpo ni siquiera está preparado.

El error en la ley mexicana es que, aunque sí hay prohibición de cirugías estéticas en menores, no se establece con claridad la edad ni las sanciones. Y quién iba a decir que había que poner candados más duros para compensar la imbecilidad de algunos padres.

Y no basta con sanciones mínimas. Cuando un cirujano comete atrocidades de este calibre, debería perder para siempre el privilegio de ejercer. No hablamos de un error, sino de vidas segadas por negligencia y ambición. En otros países se boletina a estos médicos para que no vuelvan a tocar un bisturí jamás; en México deberíamos hacer lo mismo y extender la alerta al mundo entero.

Hoy este caso deja a un padre con los brazos vacíos, con el dolor eterno de no poder ver a su hija, con la que planeaba celebrar los XV años con un viaje. Gracias a que fue un padre presente y preocupado, descubrió que lo que la madre le decía era mentira.

Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, la madre huyó. No estuvo en el funeral ni en el entierro de su hija. Fue el padre quien solicitó una necropsia para asegurarse de que se investigara la verdadera causa de muerte. El resultado puede tardar semanas, pero él teme -con justa razón- que terminen alterados por las conexiones del cirujano, hijo de un magistrado recién nombrado en Durango. Desde el principio, el padre pidió lo que cualquier sociedad decente exigiría: justicia para Paloma.

Y esa señora -por llamarla de alguna forma- no solo incurrió en negligencia, también en varios delitos: le presentó al padre y a la escuela de Paloma una prueba vieja de COVID que fue alterada (el representante legal de los laboratorios, cuyos logos se usaron, también interpondrá una denuncia). Además, permitió que se alterara el acta de defunción de su hija, sabiendo perfectamente lo que había pasado. Claro, el poder siempre es buen escudo cuando se quiere tapar una tragedia.

Hoy la madre de Paloma y el cirujano -que por diez años la vio crecer- están detenidos, y su padre está a la espera del dictamen histológico. El examen histológico sirve para determinar si la muerte estuvo relacionada con complicaciones médicas (como una embolia grasa, paro respiratorio, reacción a anestesia, infección, etc.) y confirma, de manera científica, qué pasó dentro del cuerpo. En pocas palabras: es un análisis microscópico del tejido que ayuda a establecer la causa real de la muerte o el daño sufrido.

La importancia de que estos dos animales sean encontrados culpables por homicidio culposo, y que se reclasifique a homicidio doloso, es enorme. Porque si solo son acusados de delitos menores, alcanzarían una condena mínima. Y eso enardece aún más el dolor de una familia que hoy exige que la justicia haga su trabajo.

Paloma ya no está y, desafortunadamente, su muerte se convierte en un precedente para impulsar una ley sin letras chiquitas: una que sea clara y prohíba por completo cualquier cirugía estética en menores -las reconstructivas y por salud no están en duda-. Su ausencia nos grita lo que muchos callan: cuando los que deben cuidarnos son los primeros en fallarnos, la justicia no puede ser opción… tiene que ser obligación.

En este país la cirugía más urgente no es estética ni reconstructiva: es la que necesitamos para extirpar la indiferencia y la impunidad. Paloma no murió en una sala de operaciones: la mató la estupidez avalada por un consentimiento.

“La injusticia, hecha ley, es la más grave de las corrupciones.”

—Albert Camus

Pero… p’s cada quien.

Conectajuarez no se hace responsable de los puntos de opinión de los columnistas que participan en este medio de comunicación, es responsabilidad única de quien lo escribe, el autor sostiene cada uno de sus argumentos.