¡BIENVENIDO A CASA, PAISANO!

P´S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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Hoy la ociosidad me jugó en contra. En redes me salió un reel de la famosa Mañanera. Nunca la veo porque me hace enojar más que La Cotorriza a Pati Chapoy, pero esta vez caí.

Ahí estaba, nuestra presidenta, desde su atril hermoso y su escenografía perfecta: equipo humano, luces, transmisión impecable… todo salido del bolsillo de los mexicanos. Y claro, me puse a pensar babosadas: ¿por qué esos 30 millones de pesos que costaron las transmisiones en los primeros tres años de gobierno de nuestra cabecita de algodón no se usaron para lo que de verdad urge? Afuera faltan medicamentos, especialistas, equipo para bomberos… pero no, el show diario es intocable.

Las conferencias mañaneras nacieron como promesa de cercanía y transparencia, pero con el tiempo se volvieron un ritual político caro y repetitivo. Y aquí es donde tuerce el rabo la marrana: en plena era digital, Claudita podría decir lo mismo desde un celular en YouTube o Facebook, gratis y en tiempo real. Pero no: lo que importa no es el mensaje, es la escenografía del poder.

Volviendo al reel: una periodista le cuestionó sobre los aranceles aduanales que están pagando los paisanos deportados —o los que regresan por voluntad propia ante la situación en EE. UU.—. La presidenta, con la misma seguridad con la que dice “México, se escribe con M de mujer”, contestó: “creo que ya cambió eso”, aunque todos sabemos que no es así.

Porque sí: los discursos de bienvenida a “nuestros hermanos mexicanos” suenan bien bonitos, casi dan el gatazo de empatía, pero la realidad es que les hacen la gatada. La primera “bienvenida” es en la aduana: pagar por lo que traen —ropa, aparatos, recuerdos—, mientras del otro lado algunos funcionarios hacen su agosto y se sirven con la cuchara grande.

No hablamos de gente que quiera meter contrabando a su país. Vienen deportados, vienen porque no les quedó de otra. Lo que cargan no son mercancías: son pedazos de una vida que tuvieron que abandonar a la fuerza. Y, aun así, lo primero que se topan al pisar suelo mexicano es un cobro en la aduana, como si regresar a su propio país fuera un privilegio que se paga. Eso no es trámite: es un abuso con todas sus letras.

Es la doble humillación: primero te deportan de un país donde trabajaste hasta deshacer las manos; luego, aquí te reciben con una ventanilla de cobro. No hay intención de apoyarte, hay prisa por vaciarte los bolsillos. Y eso duele más porque viene de tu gente.

No se trata de números ni tecnicismos. Aunque el arancel sea “solo un porcentaje”, para muchos significa perder lo poco que juntaron allá. Es un golpe directo, un recordatorio de que aquí siempre hay alguien listo para convertir la nostalgia en negocio.

Al final, pareciera que el verdadero milagro de la Rosa de Guadalupe presidencial es que nunca se le acaban los recursos para sostener el show, aunque al país sí le falten hospitales, medicinas y oportunidades para los que vuelven con las manos vacías. A los migrantes se les exprime hasta el último dólar en la aduana, pero para el teatro político siempre hay presupuesto.

El migrante regresa con dignidad herida, con abrazos y ahorros contados. Y lo primero que encuentra es una mordida disfrazada de impuesto.

“La tierra que no da cobijo a su gente, no puede

llamarse patria.”   Proverbio mexicano

Pero… P´S CADA QUIEN

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