SOMBRAS QUE DEVORAN, UN LLAMADO QUE NO PUEDE ESPERAR

DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly

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Ciudad Juárez, esa frontera donde el sol quema la piel, pero no ilumina las sombras que acechan en los rincones más inocentes, el miedo ya no es un susurro; es un rugido que ahoga la infancia y encadena a las mujeres en un silencio que grita por ayuda.

¿Qué está pasando en esta ciudad que se dice de oportunidades, donde los niños dejan de ser niños antes de aprender a correr, y las mujeres miden cada paso en ruteras como si fueran minas? Las noticias de los últimos días no son anécdotas; son alarmas que pintan un Juárez donde la vulnerabilidad es la norma, y la protección, un lujo que se niega a las más frágiles.

Algo está ocurriendo en nuestra frontera, algo profundamente alarmante y doloroso. Las noticias de las últimas horas no solo indignan: estremecen. Lo que antes parecía un rumor hoy tiene nombre, denuncia y rostro. Y los rostros son los de nuestros niños y mujeres.

El caso de las guarderías en Juárez, donde se investiga una presunta red de pedofilia y abuso infantil, debería cimbrar los cimientos de la ciudad. No es un asunto aislado, no es un “caso más”. Es la señal más clara de que la línea entre el descuido y la complicidad se ha borrado. La infancia, ese espacio que debería ser sagrado, ha sido profanada. Y mientras tanto, las autoridades locales y federales reaccionan con la misma lentitud de siempre, midiendo sus declaraciones antes que su deber moral.

¿Hasta dónde tiene que llegar el horror para que algo cambie?

Porque mientras algunos pequeños son víctimas de monstruos escondidos tras el disfraz de cuidadores, otras víctimas —mujeres de todas las edades— viven el miedo cotidiano en las calles. La nota sobre las jóvenes que se bajan del transporte urbano por temor a los conductores o pasajeros debería avergonzar a todos. Es el reflejo de una ciudad donde la violencia ya no es un hecho extraordinario, sino una rutina. Una rutina que las obliga a mirar por la ventana, a evitar el contacto visual, a bajarse antes del destino, solo para sentirse un poco más seguras.

Y si el miedo recorre las calles, también invade la noche. Esos cateos a bares, donde se presume la presencia de menores en un after party, termina de dibujar el cuadro: Juárez se ha vuelto un territorio donde los límites éticos y legales se diluyen entre el ruido, el alcohol y la indiferencia.

Todo esto no es casualidad. Es el resultado de una cadena de omisiones: la falta de vigilancia, de castigo ejemplar, de educación sexual, de políticas reales de protección a la niñez y a la mujer. Nos hemos acostumbrado a normalizar lo inaceptable, a convivir con el miedo como si fuera un impuesto fronterizo más.

Pero no podemos seguir callando. Porque cada vez que miramos hacia otro lado, le damos más poder a quienes lastiman. Juárez necesita un plan de emergencia moral y social, no solo operativos ni discursos. Necesita que cada autoridad —municipal, estatal y federal— entienda que esta no es una guerra contra el crimen, sino una lucha por el alma de la ciudad.

El miedo está en todas partes: en las guarderías, en las rutas, en los bares. Pero también puede estar en nosotros si decidimos no actuar.

Juárez no puede seguir siendo un mapa de abusos sin consecuencias. No más silencios, no más omisiones, no más excusas. Porque cuando una ciudad deja de proteger a sus niños y a sus mujeres, deja también de tener futuro.

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