El Día de Muertos siempre ha sido una de las tradiciones más hermosas y profundas de México. En los altares colocamos flores, velas, fotografías y pan dulce para honrar la memoria de quienes ya no están. Es una celebración que, entre el dolor y la nostalgia, nos reconcilia con la vida. Sin embargo, este año en Ciudad Juárez, la muerte no llegó como recuerdo, sino como noticia. Mientras algunos encendían velas por sus difuntos, otras velas se encendían por quienes acababan de partir.
El pasado 2 de noviembre, la ciudad se estremeció con un accidente fatal en el cruce de la avenida Tecnológico y Centeno, donde un vehículo que circulaba a exceso de velocidad impactó contra una camioneta, provocando su incendio. Cinco personas perdieron la vida en el lugar y un joven de apenas 18 años gravemente herido fue trasladado al hospital donde finalmente falleció el día de ayer lunes… Una escena devastadora que dejó a la ciudad con el corazón encogido y una pregunta inevitable: ¿en qué momento olvidamos que la vida puede perderse en un segundo?
Ese día, mientras en muchos hogares se colocaban ofrendas y flores de cempasúchil, otros preparaban funerales. El contraste duele. El Día de Muertos —esa fecha en que celebramos la memoria y la presencia simbólica de quienes amamos— se convirtió para varias familias en el día en que su historia se detuvo.
En Juárez, estamos acostumbrados a convivir con la tragedia, pero nunca a aceptarla. Cada accidente, cada pérdida, cada noticia que enluta a la ciudad, nos recuerda que la frontera no solo divide países, sino también destinos. Aquí, donde el viento levanta polvo y recuerdos, la vida parece siempre en disputa con la prisa, la distracción o la indiferencia.
Lo ocurrido el 2 de noviembre no fue un hecho aislado. Fue un espejo. Nos muestra la otra cara del Día de Muertos: la que nos obliga a reflexionar sobre los vivos, sobre cómo conducimos, sobre cómo cuidamos y valoramos la existencia.
Cada año, miles de cruces se pintan en las carreteras y avenidas del país. Son recordatorios silenciosos de vidas truncas, de familias que quedaron con sillas vacías. Y aunque a veces pasamos junto a ellas sin detenernos, cada una encierra una historia, un nombre, un futuro que ya no será.
Ciudad Juárez sabe de pérdidas, pero también sabe de fuerza. En cada tragedia, la comunidad se une, se acompaña, se abraza. Esa es la parte que no siempre sale en los titulares: la de los vecinos que oran, los paramédicos que no se rinden, los ciudadanos que extienden la mano sin preguntar a quién ayudan.
El Día de Muertos nos enseña que recordar es resistir al olvido. Que la memoria no solo pertenece a los que ya se fueron, sino también a los que aún estamos aquí intentando hacerlo mejor.
La vida, cuando se valora, se convierte en un acto de gratitud.Por eso, ojalá que esta tragedia no quede solo como una nota más. Que sirva para recordarnos que cada vez que tomamos el volante llevamos más que un destino: llevamos vidas. Que conducir con responsabilidad, frenar a tiempo o respetar un semáforo, también es una forma de amar.
Mientras las flores del Día de Muertos comienzan a marchitarse, la ciudad aún huele a humo, pero también a memoria. Porque entre velas y sirenas, entre el dolor y la esperanza, Juárez vuelve a recordarnos su lección más grande: incluso frente a la muerte, seguimos eligiendo la vida.
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