En Ciudad Juárez, ser mujer significa aprender pronto a resistir, a organizar la vida en turnos largos, a hacer malabares con el tiempo, a cargar responsabilidades que pocas veces se nombran, aquí, muchas mujeres no se preguntan si pueden con todo; simplemente saben que no hay otra opción. Por eso, cuando el Gobierno decide mirar de frente esa realidad, no es un gesto menor: es una conversación pendiente.
La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a esta frontera dejó imágenes y discursos, sí, pero también abrió la puerta a algo más profundo: la posibilidad de que las políticas públicas empiecen a tocar la vida cotidiana de las mujeres, no desde la teoría, sino desde el acompañamiento real.
La inauguración del Centro LIBRE para las Mujeres es un ejemplo claro. No se trata solo de un espacio físico, sino de un mensaje que durante años hizo falta escuchar: las mujeres no tienen que enfrentar solas la violencia, el miedo o la incertidumbre. En una ciudad donde muchas aprendieron a normalizar el silencio, contar con un lugar que ofrezca orientación legal, apoyo psicológico y escucha cercana puede ser el primer paso para recuperar algo esencial: la dignidad. Pero hablar de cuidado no se limita a la violencia, también implica reconocer el peso invisible que las mujeres sostienen todos los días. En ese sentido, el anuncio y fortalecimiento de los Centros de Educación y Cuidado Infantil (CECI) toca una fibra profunda porque cuando se habla de estancias infantiles, en realidad se está hablando de tiempo, de oportunidades y de libertad.
Para muchas madres en Juárez, trabajar no es una elección cómoda, es una necesidad. Y hacerlo sin redes de apoyo suficientes convierte cada día en una carrera contrarreloj. Un CECI representa la posibilidad de salir a trabajar con menos angustia, de saber que hijas e hijos están en un espacio seguro, cuidado y pensado para su desarrollo. Representa, también, el reconocimiento de que el cuidado no debe recaer exclusivamente en las mujeres.
Desde una mirada política —pero profundamente humana— estas acciones reflejan un cambio importante: empezar a construir un Estado que acompaña en lugar de ausentarse. Que entiende que la igualdad no se decreta, se construye con políticas que funcionen en la práctica, que sabe que no basta con nombrar a las mujeres en los discursos, sino que hay que diseñar soluciones que respondan a su realidad, por supuesto la verdadera evaluación de estos proyectos no vendrá del aplauso inicial, sino del tiempo; de su funcionamiento diario, de la sensibilidad del personal, del presupuesto asignado y de la voluntad de corregir lo que no funcione. Las mujeres de Juárez no esperamos milagros, pero sí constancia y respeto.
Esta visita no solo se quedará en la memoria como un acto protocolario, sino como el inicio de una nueva etapa: una donde las mujeres puedan, aunque sea por momentos, soltar un poco el peso. Donde pedir ayuda no sea sinónimo de fracaso, y donde cuidar y ser cuidadas deje de ser un privilegio. Ojalá que estos espacios se llenen de historias distintas, de mujeres que recuperan su voz, su tiempo, su tranquilidad. Porque cuando el Estado logra estar presente en lo cotidiano —en la crianza, en la seguridad, en el acompañamiento— no solo gobierna: transforma. Y esa es, quizá, la forma más silenciosa y poderosa de hacer política
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