LO MÁS PODEROSO QUE EL ODIO, ES EL AMOR..

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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El Super Bowl es, desde hace décadas, mucho más que un evento deportivo. Es un escaparate cultural, político y simbólico. Por eso, la participación de Bad Bunny en el medio tiempo no fue casual ni ligera. Fue un mensaje cuidadosamente construido, donde cada imagen, cada gesto y cada silencio hablaron más fuerte que cualquier discurso incendiario.

En un contexto político marcado por el resurgimiento de narrativas excluyentes en Estados Unidos —encabezadas nuevamente por Donald Trump y su discurso contra la migración—, Bad Bunny eligió no confrontar con odio, sino responder con algo mucho más poderoso: la normalización de nuestra presencia.

Porque el verdadero posicionamiento político no siempre se grita. A veces se muestra.

Durante su presentación, Bad Bunny no pidió permiso ni ofreció explicaciones. Cantó en español frente a millones de personas. Mostró escenas cotidianas de la vida latina: la música que suena en la calle, los colores, la estética, la comunidad. No intentó “traducirse” para ser aceptado. Simplemente fue. Y en ese acto, dejó claro algo fundamental: los latinos no somos una amenaza, somos parte del tejido cotidiano de este país.

Uno de los simbolismos más potentes del show fue precisamente ese: la convivencia. No hubo un mensaje de confrontación directa, pero sí una afirmación constante de coexistencia. Latinos y anglosajones compartiendo el mismo espacio, el mismo escenario, el mismo evento más visto del año. Sin discursos de exclusión, sin muros visibles. Solo realidad.

Bad Bunny entendió algo que muchos políticos aún no comprenden: la cultura va siempre más adelante que la política. Mientras algunos siguen construyendo narrativas de miedo, la vida diaria demuestra otra cosa.

Las comunidades conviven, trabajan juntas, se enamoran, forman familias mixtas, comparten barrios, escuelas y sueños. Eso fue lo que vimos en el escenario: una postal de lo que ya ocurre, aunque algunos se empeñen en negarlo.

Incluso su vestimenta, su lenguaje corporal y la elección de no suavizar su identidad fueron actos políticos. No buscó agradar a todos, pero tampoco provocó desde el enojo. Apostó por la presencia firme, por la seguridad de quien sabe que no tiene que justificarse. En tiempos donde el discurso público se polariza con facilidad, ese gesto es profundamente disruptivo.

Frente a políticas que insisten en señalar al migrante como problema, Bad Bunny respondió mostrando humanidad. Frente al odio, mostró comunidad. Frente al rechazo, mostró pertenencia. No desde la confrontación, sino desde el amor propio y el amor colectivo.

Y ahí está el punto central de este show: el amor como acto político. Amar la propia cultura, el idioma, el origen, sin negar al otro. Amar sin pedir disculpas. Amar sin gritar. Porque lo más poderoso que el odio no es la rabia opuesta, es la capacidad de demostrar que la vida sigue, que la convivencia existe y que la diversidad no destruye, sino que enriquece.

En un país donde las políticas pueden cambiar con cada elección, la realidad social es más fuerte. Los latinos siguen ahí. Trabajando, creando, cantando, celebrando. Conviviendo día a día con los anglosajones, no como invasores, sino como vecinos.

El Super Bowl no cambió leyes. Pero sí dejó una imagen imposible de borrar: la de una comunidad que no se esconde, que no pelea desde el odio y que no desaparece porque alguien lo desee.

Al final, lo que Bad Bunny nos mostró en ese escenario es que la fuerza real no está en responder al odio con más odio, sino en afirmar nuestra presencia con dignidad, alegría y amor; y en esa demostración silenciosa, pero profundamente potente, está el triunfo de una América que se reconoce diversa y unida.

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