LOS ALUMNOS EN HUELGA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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En medio del ruido electoral, los discursos triunfales y las peleas entre oposición y gobierno, hay un silencio que duele más que cualquier derrota política: el de los salones vacíos. Llevamos más de dos semanas con miles de niños y adolescentes sin clases debido a la huelga nacional del magisterio. Y mientras los adultos discuten pensiones, leyes y porcentajes, hay una realidad que nadie quiere mirar de frente: los más afectados son quienes no tienen voz para exigir nada.

La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) mantiene su paro en demanda de condiciones laborales más justas, y sí, tienen razón en muchos de sus planteamientos. Nadie puede dar lo que no tiene, y sería absurdo pedir vocación sin dignidad. Pero también es cierto que esta lucha, aunque legítima, está cobrando una factura altísima en quienes no tienen culpa de nada: los alumnos.

Niños de primaria que ya venían arrastrando rezagos desde la pandemia, hoy están nuevamente sin escuela. Estudiantes de secundaria que perdieron el ritmo, adolescentes que, en vez de estar aprendiendo, están viendo pasar los días sin estructura, sin guía, sin motivación. La educación se volvió intermitente, y eso —aunque parezca invisible— afecta profundamente la calidad de vida.

Y todo esto ocurre justo cuando nos acercamos al cierre del ciclo escolar. Las semanas finales del calendario son cruciales: se entregan evaluaciones, se refuerzan aprendizajes, se preparan los cambios de nivel. Perderlas no es menor. Para muchos estudiantes, especialmente quienes están por egresar de preescolar, primaria o secundaria, estas ausencias podrían traducirse en un cierre a medias, una despedida incompleta, un nuevo hueco en su formación.

Aquí en Ciudad Juárez, los maestros de educación básica no pertenecen a la CNTE; la mayoría está afiliada al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que tiene una postura distinta y no se ha sumado a la huelga nacional. Sin embargo, en las últimas semanas algunos docentes juarenses sí realizaron manifestaciones simbólicas, como la liberación de casetas y protestas en oficinas estatales de Educación, en apoyo a las demandas del movimiento magisterial. Aunque no se trata de un paro indefinido como en otras entidades, estos actos reflejan que el malestar también se siente en nuestra ciudad.

Los rezagos, la falta de recursos, la inseguridad alrededor de muchas escuelas, los salarios que no alcanzan y el desgaste emocional del personal docente son problemas que también están aquí, todos los días.

La educación en México ya venía frágil. Saturada de burocracia, con aulas mal equipadas, con maestros cansados y familias que hacen milagros para enviar a sus hijos a la escuela. En ese contexto, dos o tres semanas sin clases no son una pausa, son una fractura.

Entiendo y comparto muchas de las exigencias del magisterio. Pero también creo que esta lucha no puede convertirse en un callejón sin salida donde lo más valioso —el aprendizaje, la niñez, el futuro— se quede atrapado. Porque una generación que no aprende, que no construye, que no cuestiona, es una generación que el sistema ya dio por perdida.

¿Y qué están haciendo las autoridades? ¿Qué propuestas reales están sobre la mesa? ¿Quién está pensando en los estudiantes como prioridad y no como daño colateral? Esta no puede ser una lucha de “todo o nada”. Necesitamos diálogo, sí. Pero, sobre todo, necesitamos conciencia de que cada día sin clases es un derecho vulnerado, un paso atrás, una herida silenciosa que tardará años en sanar.

¿Y si esta huelga llegara a nuestra ciudad?

Imaginemos por un momento que los maestros juarenses decidieran sumarse a la lucha nacional. Que los salones vacíos de Acapulco, Oaxaca o Michoacán se replicaran aquí, donde la educación ya es una batalla diaria. ¿Estamos preparados para eso?

Porque lo cierto es que cuando la educación se detiene, todo se detiene. Y no se trata solo de un conflicto entre gobierno y sindicatos: se trata del derecho más básico y urgente de toda comunidad, el derecho de los niños a aprender, a crecer.

Es hora de mirar más allá de las demandas y las negociaciones y poner a los alumnos en el centro de la conversación. No podemos permitir que la educación siga siendo rehén de los conflictos políticos y sindicales. Porque mientras los adultos pelean, los niños esperan y ellos son el presente y el futuro que no podemos darnos el lujo de perder.

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