No son inmigrantes. No cruzaron el río, no saltaron el muro, no escondieron sus nombres. Ellos nacieron aquí, en suelo estadounidense, con documentos en mano y el acento perfecto. Pero hoy, esos hijos de migrantes salen a las calles de Los Ángeles, Chicago, Nueva York y El Paso para gritar lo que sus padres no pueden: “¡Basta!”.
No son indocumentados los que se plantan frente a las cámaras con pancartas, ni los que gritan frente a los edificios federales. No pueden serlo: un arresto, una ficha, una fotografía, podría separarlos de sus familias para siempre. Ellos no pueden exponerse… pero sus hijos sí.
Esos jóvenes son la generación que no podrán deportar, los que hoy se manifiestan nacieron en suelo estadounidense. Chicanos, dreamers o México-americanos, ellos tienen ciudadanía, votan, y tienen derecho a ser escuchados. Y lo están usando, no para sí mismos, sino para defender a quienes les dieron la vida… y algo más valioso aún: la posibilidad de tener un futuro.
Muchos de esos padres cruzaron el desierto con los pies llenos de ampollas y el corazón repleto de esperanza. Llegaron sin inglés, sin papeles, sin red de apoyo, a limpiar baños, a cosechar uvas, a empacar carne, a trabajar turnos dobles en cocinas y maquiladoras. Lo hicieron en silencio, agachando la cabeza cuando los insultaban, corriendo cuando escuchaban una sirena, rogando que nadie les preguntara su estatus migratorio.
Lo hicieron para que sus hijos, los que hoy marchan, pudieran ir a la universidad. Para que no supieran lo que es esconderse. Para que nunca tuvieran que temerle a una redada. Para que no crecieran sabiendo que su existencia dependía del capricho de un político en Washington.
Pero ahora esos hijos están viendo cómo se amenaza a sus padres con deportaciones masivas. Miran cómo se discute en el Senado si se deben cobrar más impuestos a las remesas que ellos, con sudor y lágrimas, mandan a sus familias. Observan cómo desde una Casa Blanca teñida de ignorancia, se habla de “parásitos” cuando se refieren a quienes sostienen los campos agrícolas, las fábricas y los restaurantes de Estados Unidos.
En los campos el 75% de los trabajadores, esos que hacen que llegue la lechuga al Walmart y las uvas al Costco, son migrantes indocumentados. Porque los números gritan lo que las palabras susurran.
Por eso salieron. Por eso gritan. Por eso lloran. Porque no están defendiendo una ideología ni una bandera: están defendiendo la dignidad de mamá, que se levanta a las 4 de la mañana para limpiar casas; de papá, que trabaja en la pizca 12 horas bajo el sol de Texas; de sus abuelos, que nunca aprendieron inglés, pero sí les enseñaron a respetar y hablar español.
Esta no debe ser una revolución violenta. Debe ser una manifestación de amor. Es la voz de una generación que no está dispuesta a quedarse callada mientras se criminaliza a quienes lo dieron todo para que ellos tuvieran derechos.
Esos jóvenes, con su inglés perfecto y sus sueños intactos, están haciendo lo que cualquier hijo haría: defender a su familia.
Y eso —señores políticos de ambos lados de la frontera— no es un acto de rebeldía. Es un acto de justicia.
“La próxima vez que comas una ensalada, recuerda: alguien que ama a sus hijos con todo su ser, como tú a los tuyos, lo cosechó para ti.”
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