CUANDO LA TRAGEDIA SE CONVIERTE EN BOTÍN

DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly

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Las lluvias torrenciales de los últimos días han golpeado con fuerza a Ciudad Juárez, dejando un rastro de destrucción que el agua no podrá borrar tan fácilmente. En especial, el norponiente de la ciudad ha sido escenario de pérdidas materiales devastadoras: calles destrozadas, banquetas deslavadas, autos arrastrados por la corriente, viviendas colapsadas, muebles y electrodomésticos que flotaron en agua sucia antes de quedar inservibles. Todo esto, mientras el lodo sigue marcando las paredes de las casas como recordatorio de una tragedia que aún no termina.

Lo primero que surge en el corazón juarense es la solidaridad. Esos gestos de vecinos que comparten cobijas, comida o una cubeta para sacar el agua. Es el reflejo de una comunidad que, como tantas veces antes, ha aprendido a reconstruirse con las uñas.

Pero también, como ha pasado otras veces, han aparecido los oportunistas.

Personajes que con rostro de benefactores levantan colectas en redes sociales, suplican donativos en nombre de los damnificados y se convierten, de la noche a la mañana, en voceros de la ayuda humanitaria. Lo preocupante es que, en más de un caso, esa ayuda nunca llega a su destino. Se pierde en el camino. Se convierte en “gastos operativos” o en mercancía revendida en alguna esquina. Y mientras tanto, las familias afectadas siguen esperando una cobija seca, una bolsa de frijol o simplemente que alguien toque la puerta.

No podemos permitir que la tragedia se convierta en botín.

La solidaridad no puede ser utilizada como disfraz para el lucro, ni la desgracia ajena como pretexto para alimentar egos o cuentas bancarias. Porque quienes realmente están sufriendo —madres que perdieron lo poco que tenían, adultos mayores que no saben si su casa resistirá otra lluvia, niños que duermen entre humedad y miedo— no necesitan promesas vacías ni discursos de autoayuda en redes: necesitan respuestas, acciones, ayuda concreta y transparente.

Por eso, este llamado va en dos direcciones. Primero, a la ciudadanía: ayudemos, sí, pero con responsabilidad. Verifiquemos los canales por donde fluye nuestra ayuda. Prefiramos organizaciones serias, medios confiables, parroquias o albergues con trayectoria. Si es una cuenta personal, que esté respaldada por testimonios reales. Ayudar con el corazón no significa hacerlo con los ojos cerrados.

Y segundo, un llamado a las autoridades: que no se crucen de brazos. Que se active el monitoreo del uso de recursos y donaciones. Que se detecte y frene a quienes están lucrando con el dolor. Que se atienda a las colonias más vulnerables no solo en la emergencia, sino con soluciones estructurales para que el agua no vuelva a llevarse la vida de los que menos tienen.

Ciudad Juárez necesita, como tantas veces, reconstruirse. Pero esta vez, que el cemento de la esperanza no se mezcle con la trampa de los falsos solidarios.

Que no gane la avaricia donde lo que debe triunfar es la empatía.

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