JUÁREZ NO DUELE, ARDE

Columna P’S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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Creo que la frustración es un sentimiento compartido por muchos juarenses que hemos visto, año tras año, cómo nuestra ciudad se desmorona frente a nuestros ojos.

Ciudad Juárez es —por mucho— una de las ciudades más peligrosas del país… y del mundo.

Cada vez más, la delincuencia se apropia de lo que alguna vez fue un lugar de paz, una ciudad briosa, con inversión extranjera, empleo y la posibilidad de caminar por la noche sin miedo.

Antes salíamos de fiesta sin el temor de recibir una bala perdida por estar en el “lugar incorrecto”.

Ahora, los problemas en Juárez se pueden ordenar como si fueran el índice de un libro: inseguridad, corrupción, abandono, contaminación, baches, transporte público, inundaciones…

Y por último —y no menos importante—: la apatía ciudadana.

Nuestros funcionarios públicos parecen no tener llenadera.

Con cada nuevo candidato, lo único que nos queda es rezar para que robe menos que el anterior.

Y cuando por fin uno de estos malandrines cae, cumple su condena en la comodidad de su casa.

Sale sonriente, bailoteando en redes sociales, celebrando el botín.

A este acto lo he bautizado: el baile de la burla.

Una burla para todos los que seguimos aquí, tratando de salir adelante entre baches, basura y calles oscuras.

Los presupuestos “fantasma” para obras públicas y servicios siguen hundiendo Juárez.

Tenemos un sistema pluvial obsoleto, un pavimento que da pena ajena y un transporte público pedorro, contaminante y que apenas camina.

Ciudad Juárez parece más un basurero que una ciudad.

La contaminación visual es absurda, los olores en muchas calles resultan nauseabundos y hay decenas de proyectos inconclusos por todas partes.

Y cuando uno cree que ya lo vio todo, aparecen noticias como la del crematorio clandestino.

Más de 380 cuerpos olvidados durante años…

Entre ellos, posiblemente el de mi padre.

¿Cómo se digiere algo así? ¿Cómo se nombra?

Porque eso que sentimos ahora muchos juarenses no es solo tristeza ni enojo.

Es un sentimiento nuevo, agrio, que arde, que te revuelca.

Es repudio elevado al dolor.

Y lo peor es que ya ni siquiera sorprende, solo confirma el abandono brutal que vive esta ciudad.

Pero aquí viene la pregunta del millón:

¿Estamos preparados para tener una ciudad a la altura?

¿Tenemos la suficiente educación civil para cuidarla?

Porque sí, gran parte del deterioro es responsabilidad de las autoridades.

Pero otra gran parte también es nuestra.

Juárez se cae a pedazos, y somos los mismos ciudadanos quienes lo terminamos de empujar con la cultura del valemadrismo.

Maltratamos los parques públicos, tiramos basura como si las calles fueran basureros privados, rayamos muros, arrancamos plantas, ignoramos señalamientos.

Y como decía mi abuelita:

“a muchos les duraría más un pedo en el fundillo que una ciudad bonita.”

Juárez ha sido generosamente hospitalario con personas de otras ciudades, incluso de otros países…

y son, en su mayoría, los que menos lo cuidan.

Como bien dice una frase icónica:

“Si vives en Juárez, eres de Juárez.”

Está bien que se cuelguen…

pero no se columpien.

Juárez no necesita que lo quieran con palabras bonitas,

necesita que lo defiendan con acciones firmes.

Y si no vamos a hacerlo, al menos no seamos parte de lo que lo está matando.

Y con añoranza, recuerdo una frase de esta famosa canción del cantautor juarense Juan Gabriel:

“Ciudad Juárez, the number one… y la frontera donde debe vivir Dios.”

Pero… P’S CADA QUIEN.