Estamos en vacaciones y en redes sociales vemos fotos perfectas: playas, niños felices, familias descansando. La palabra “vacaciones” evoca descanso, pausa, libertad. Pero para muchas mamás, esa temporada es todo menos eso.
Cuando los niños están libres de la escuela, las mamás no descansan. Muchas veces nos convertimos en directoras de logística, recreación y cuidado constante. Organizamos, resolvemos, entretenemos, cocinamos y cargamos con esa sensación silenciosa de agotamiento, de no estar dando suficiente, a pesar de darlo todo.
Este cansancio no es solo físico, es mental y emocional. Y pocas veces se habla de él, porque se espera que las mujeres disfrutemos estas semanas, que seamos felices sin quejarnos, que seamos “perfectas” aun en el desgaste. El problema no son las vacaciones en sí, sino la falta de redes reales de apoyo, la ausencia de corresponsabilidad y esa mirada social que sigue romantizando el sacrificio materno como si fuera parte del paquete.
En medio de ese desgaste llega una polémica que retoma un discurso que suena a eco del pasado. Javier “Chicharito” Hernández dijo que “las mujeres están fracasando” y que, con su empoderamiento, están “erradicando la masculinidad”. También habló de la “energía femenina” en términos tradicionales: cuidar, limpiar, sostener el hogar y ser lideradas por un hombre.
Sus declaraciones no fueron solo polémicas: fueron profundamente ofensivas. Porque no se trata solo de una opinión personal, sino de la reproducción de estereotipos que tanto trabajo ha costado desmontar. Hablar de fracaso femenino por el simple hecho de reclamar igualdad y autonomía no es solo ignorancia, es violencia simbólica.
Y no quedaron sin consecuencias. La Federación Mexicana de Fútbol impuso una sanción económica y abrió un procedimiento formal en su contra. Algunos clubes y figuras públicas se deslindaron, dejando claro que ese tipo de mensajes ya no pueden pasar desapercibidos. El rechazo social fue inmediato, especialmente por parte de mujeres que, cansadas de este tipo de discursos, alzaron la voz con argumentos, datos y vivencias.
Pero más allá del escándalo mediático, lo que dijo refleja una incomodidad que todavía existe en muchos espacios ante la transformación del rol femenino. Hay quienes aún desean vernos en silencio, agradecidas, dóciles. Molesta la mujer que piensa, que decide, que se elige a sí misma. Molesta la que pone límites, la que no se adapta, la que no sonríe para agradar.
Y eso conecta directamente con la realidad que vivimos muchas mujeres hoy. Porque además de cuidar, trabajamos. Además de sostener, gestionamos. Además de estar presentes, también nos exigimos ser exitosas, estables, responsables, tiernas y autosuficientes. Todo al mismo tiempo. Y cuando no lo logramos —porque es imposible lograrlo todo sin quebrarse— sentimos culpa.
También duele que justo en el momento en que más se visibiliza esta lucha, se intente romantizar el pasado como si hubiera sido más digno o más noble. Como si lo natural fuera que la mujer siempre esté en función de los otros. Esa nostalgia disfrazada de crítica solo es un intento desesperado de conservar privilegios.
Pero la verdad es que las mujeres no estamos fracasando. Estamos evolucionando. Estamos encontrando nuestra propia fuerza, nuestra manera de ser y estar, sin tener que pedir permiso ni justificar nuestra forma de vivir.
Este verano, mientras muchos disfrutan de un descanso merecido, muchas mujeres seguirán luchando para equilibrar su mundo interior y exterior, para sostener y para ser ellas mismas, completas y libres.
Y quiero cerrar mi texto diciendo que la verdadera ternura no está en la sumisión, sino en la autenticidad. Y esa es la fuerza más grande que podemos tener.
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