CUANDO EL PRESUPUESTO SE EXTINGUE PRIMERO

P’S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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Héroes sin capa (un título muy quemado)

No se necesita una tragedia para darse cuenta de que los bomberos no tienen lo que necesitan. Basta con asomarse a una estación cualquiera: uniformes viejos, cascos desgastados, botas rotas, camiones que deberían estar en un museo. Y, aun así, ahí están, listos para lanzarse a lo que sea.

Apagan incendios, sacan gente de autos hechos pedazos, rescatan vidas en derrumbes, y lo hacen sin saber si van a regresar enteros. No por fama, ni por aplausos, ni por un sueldo digno —porque tampoco lo tienen—. Lo hacen por vocación, porque creen en lo que hacen, y porque alguien tiene que hacerlo.

Y aquí es donde volteamos a ver a las autoridades. A esas que se toman la foto con ellos el Día del Bombero, que les dan diplomas mientras en la estación siguen con carencias básicas. Que hacen homenajes con discursos bonitos, pero no mueven un dedo para darles equipo decente, unidades que no corran el riesgo de fallar en plena emergencia, o al menos condiciones para no jugarse la vida más de lo necesario.

No sé tú, pero a mí me enerva cuando escucho que no hay presupuesto para los cuerpos de emergencia, pero sí hay para remodelar oficinas donde la mayoría de las veces los burócratas se sientan a no hacer nada. ¿Cómo chin—s esperan que los bomberos salven vidas si ni siquiera pueden proteger la suya?

Así que, desde este humilde rincón incendiado por la indignación, hago un llamado —con toda intención de raspar muebles— a las autoridades: pónganse las pin–s pilas, carajo. Equípenlos, capacítenlos, denles condiciones dignas. No es caridad, es responsabilidad. Que no se les olvide que, si un día les toca a ustedes estar atrapados entre las llamas, esos que hoy ignoran serán los únicos que se atreverán a entrar a sacarlos.

Sin mencionar lo que cargan por dentro. Porque, aunque parezcan de hierro, también son personas: padres, esposos, hijos. También se quiebran cuando no logran salvar a alguien. También tienen miedo, pero lo esconden bajo ese casco desgastado que se ponen sin chistar. Se levantan sin horario, sin certezas, sin garantías. Y, aun así, ahí están. Firmes. Callados. Con la mirada fija en la emergencia, no en la recompensa.

Porque ser bombero no es solo apagar fuego. Es sostener la calma cuando otros gritan. Es cargar cuerpos, consolar a quienes lo han perdido todo, y luego volver a casa como si nada. Con la ropa oliendo a humo y el alma hecha pedazos. Pero con la dignidad intacta. Porque no lo hacen por aplausos, reflectores ni placas conmemorativas. Lo hacen porque no podrían vivir de otra forma. Porque la nobleza de su corazón extingue cualquier ego.

Y mientras otros huyen del peligro, ellos se lanzan hacia él, decididos a salvar lo que quede. Sin reconocimiento, como si vivieran en el anonimato, cuando su labor es extenuante, primordial e irreemplazable.

Esta columna no alcanza para reconocerlos como se merecen. Pero sepan que no están solos. Que su lucha no es invisible. Que, en esta ciudad tan rota, ustedes son fuego que ilumina… no que quema.

Gracias, bomberos juarenses. Por jugársela sin escudo. Por demostrar que el verdadero uniforme de un héroe es el alma.

“La valentía no es la ausencia del miedo, sino la conquista de este.” —Séneca

Pero… P’S CADA QUIEN.

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