EL SENADO BAJO LOS REFLECTORES EQUIVOCADOS

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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El Senado de la República debería ser el espacio donde se toman las decisiones más trascendentes para el rumbo del país. Sin embargo, lo ocurrido ayer nos deja una imagen que duele: representantes del pueblo enredados en empujones, gritos y hasta golpes. La escena dio la vuelta en redes sociales y medios digitales en cuestión de minutos, no por la profundidad de los debates, sino por la forma en que la confrontación física se impuso sobre la razón.

El origen de la trifulca fue claro: el dirigente del PRI “Alito” Moreno, inconforme por no haber sido incluido en la lista de oradores, decidió subir al estrado y encarar al presidente del Senado. Lo que debió resolverse en el marco del respeto institucional terminó convirtiéndose en un episodio de violencia. Y esa decisión personal de recurrir a la fuerza marcó el tono de una jornada que quedará en la memoria más por el escándalo que por los acuerdos.

El debate político es necesario, incluso el disenso es sano en toda democracia. Pero cuando se sustituye el argumento por la agresión, se manda un mensaje de violencia normalizada desde las más altas tribunas. ¿Cómo exigir civilidad y respeto en la sociedad si quienes deben dar ejemplo caen en el juego de la confrontación?

Este episodio debería servirnos para reflexionar sobre lo que esperamos de la política. Nuestros representantes, más allá de los colores partidistas, tienen la responsabilidad de elevar el nivel del debate. De nada sirve hablar de transformación y justicia social si en los hechos se reproducen viejas prácticas de soberbia, intolerancia y falta de respeto al otro.

Morena, como fuerza mayoritaria, tiene un compromiso especial: demostrar que la política no solo es distinta en el discurso, sino también en el actuar cotidiano. Reconocer que no podemos caer en provocaciones ni responder con el mismo nivel de violencia es parte de esa tarea. El reto es grande, pero también es una oportunidad para mostrar madurez y responsabilidad.

La ciudadanía no queremos pleitos ni escándalos, queremos soluciones. Y cada vez que la clase política se enreda en riñas, se pierde un poco más la confianza que tanto trabajo cuesta ganar. La política no puede ser un ring ni un reality show. La política debería ser el arte de construir acuerdos, de escuchar incluso a quien piensa distinto, de encontrar los puntos de coincidencia que permitan avanzar como país.

Como sociedad, nos toca también exigir más. No se trata de normalizar estas escenas con un simple “así son los políticos”. No. Si permitimos que la violencia sea el lenguaje cotidiano de la política, terminaremos aceptando que la democracia se reduzca a un espectáculo grotesco.

Hoy más que nunca se necesita madurez, autocrítica y responsabilidad. Los partidos deben ser ejemplo, no excepción. Y aunque duela reconocerlo, lo de ayer mostró que aún estamos lejos de ese ideal.

Aun así, estoy convencida de que contamos con un liderazgo firme y con visión, representado en la presidenta de México, que ha demostrado serenidad en medio de la confrontación y claridad en el rumbo que quiere para el país. Esa es la ruta que debemos acompañar: la de la construcción, no la del pleito; la de las ideas, no la de los golpes.

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