LA FE FRENTE AL ABUSO

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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El estreno de la docuserie “Marcial Maciel: El lobo de Dios” en HBO ha vuelto a abrir una herida que nunca terminó de cerrar: los abusos cometidos por quien fuera uno de los sacerdotes más influyentes y poderosos de México, fundador de los Legionarios de Cristo. Durante décadas, Maciel se presentó como un hombre santo, recaudador incansable de fondos para la Iglesia, mientras en la sombra construía un imperio de manipulación y violencia.

Los testimonios revelados en la serie son desgarradores: decenas de menores abusados, mujeres engañadas, familias fracturadas. Y lo más indignante es que estos crímenes ocurrieron con la complicidad del silencio, no solo de quienes le rodeaban, sino de instituciones que debían proteger la verdad. Una vez más, vemos cómo las estructuras de poder, revestidas de sacralidad, pueden convertirse en refugio de la impunidad.

Hablar de Marcial Maciel no es hablar de un caso aislado. Es hablar de un sistema que permitió que un hombre con un presupuesto anual superior al del propio Vaticano operara sin freno, protegido por el prestigio de su orden y la admiración de figuras que hoy sabemos miraron hacia otro lado. Es hablar de cómo el patriarcado, disfrazado de fe, encontró en el silencio y en el miedo el terreno perfecto para perpetuar abusos.

Lo que más duele es constatar que muchas de las víctimas eran niños y adolescentes que confiaron en una figura de autoridad espiritual. Cuando la fe se convierte en un arma para someter, la herida no solo es personal: es colectiva. Afecta a comunidades enteras, a generaciones que aprendieron a desconfiar no solo del sacerdote culpable, sino de toda una institución que calló cuando más debía hablar.

Pero también hay otra cara en esta historia: la de quienes se atrevieron a denunciar. Ex legionarios, víctimas, madres, periodistas… todos ellos enfrentaron amenazas, censura y desprestigio. Y gracias a su valentía, hoy contamos con esta docuserie que rompe pactos de silencio y obliga a mirar de frente lo que durante tanto tiempo se ocultó.

La reflexión que surge es clara: ¿qué hacemos con esta verdad? No basta con indignarnos frente a la pantalla. Como sociedad, necesitamos asumir que estos crímenes solo se repiten cuando el poder se ejerce sin vigilancia, cuando la autoridad se coloca por encima de la dignidad humana. Y ahí, cada voz cuenta.

Desde una perspectiva femenina, este tema nos recuerda que la lucha contra la violencia no se limita al espacio doméstico ni a la calle: también debe alcanzarse en las instituciones más poderosas, incluidas las religiosas. Aquí, la fe no es la culpable: lo es un sistema patriarcal que durante décadas dictó a los hombres que “callar” era sinónimo de obediencia y lealtad, cuando en realidad era complicidad.

Por eso resulta tan valiosa la decisión de aquellos legionarios que, contra todo, se atrevieron a hablar. Al hacerlo, no solo desafiaron a un hombre poderoso, sino a una cultura de silencio que por años disfrazó la impunidad de devoción. Su valentía demuestra que la verdadera fidelidad a la fe no consiste en proteger a los lobos vestidos de pastores, sino en cuidar a las ovejas heridas.

La serie sobre Marcial Maciel nos confronta con una lección profunda: la espiritualidad no puede construirse sobre silencios forzados ni sobre abusos encubiertos. La verdadera fe camina de la mano de la verdad y de la justicia. Y cuando esas voces ocultas encuentran el valor de hablar, nos recuerdan que ningún poder, por grande que parezca, está por encima de la dignidad humana.

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