En México hemos aprendido a callar. Callamos por miedo, por costumbre o porque pensamos que de nada sirve hablar. Pero ese silencio no es neutro: tiene un costo. Cada injusticia no denunciada se convierte en un precedente; cada abuso que se oculta abre la puerta a uno más. El silencio, en una sociedad, puede ser tan corrosivo como la violencia misma.
El silencio político ha sido terreno fértil para la impunidad. Durante décadas, los ciudadanos hemos sido testigos de actos de corrupción, de decisiones tomadas a espaldas de la gente, de abusos de poder que terminan por hundirnos a todos. Y muchas veces nos convencemos de que levantar la voz no cambiará nada. Ese mutismo, sin embargo, es lo que permite que las estructuras del poder sigan intactas. La historia nos ha enseñado que cuando la gente habla, los gobiernos tiemblan; pero cuando la gente calla, los gobiernos se fortalecen en sus excesos.
El silencio social también tiene un precio alto. En Juárez, por ejemplo, la violencia se volvió paisaje. Nos acostumbramos a escuchar disparos, a leer noticias de feminicidios, a ver cómo el crimen se normaliza en la vida diaria. “Ya ni me sorprende”, solemos decir. Pero esa indiferencia es también una forma de complicidad involuntaria: cuando dejamos de indignarnos, dejamos de exigir cambios. Lo más grave no es solo la violencia, sino el conformismo que nace de la resignación.
En nuestra ciudad, el ejemplo más claro está en los feminicidios. Durante años, las cruces rosas en los postes nos recordaban la ausencia de miles de mujeres. Y sin embargo, el silencio oficial y social permitió que el fenómeno creciera hasta convertirse en una herida nacional. Lo mismo ocurre con la corrupción en obras públicas o la falta de servicios básicos: la queja aislada se pierde, y el silencio colectivo se convierte en permiso para que nada cambie. Juárez no merece ese silencio, porque cada voz que se apaga deja sin eco la esperanza de justicia.
Y está el silencio personal, quizás el más doloroso. Es el de las mujeres que no denuncian por miedo a perder su trabajo, el de los niños que callan abusos porque nadie les cree, el de las familias que prefieren guardar apariencias antes que buscar justicia. Ese silencio se paga caro: con enfermedades emocionales, con ansiedad, con heridas que no sanan. Callar se convierte en una carga que nos encierra, que nos roba la libertad y la esperanza.
El costo del silencio, en suma, es la perpetuidad de la injusticia. Cada vez que guardamos silencio, alguien más se fortalece en la sombra. Cada vez que nos mordemos la lengua, un derecho se desvanece. Cada vez que decimos “mejor no me meto”, una oportunidad de cambio se pierde.
Pero no todo está perdido. El silencio puede transformarse en voz. La historia también nos ha mostrado que cuando la ciudadanía se organiza y habla, nada ni nadie puede detenerla. Hoy, más que nunca, es momento de recordar que la voz de una sola persona puede encender a miles. Que el eco de una denuncia puede abrir caminos. Que la palabra, usada con valor y verdad, es capaz de quebrar estructuras de poder que parecían intocables.
No es casualidad que las transformaciones más profundas hayan nacido de voces pequeñas que se atrevieron a romper la costumbre del silencio. Ahí están las madres buscadoras que, con picos y palas en mano, se convirtieron en símbolo de resistencia frente a la indiferencia estatal. Ahí están los colectivos de mujeres que lograron que el mundo volteara a ver a Juárez. Ahí están los vecinos que organizan rondas comunitarias para exigir seguridad en sus colonias. Cada una de esas historias nos recuerda que hablar, aunque parezca un gesto mínimo, es el inicio de una revolución silenciosa que tarde o temprano hace ruido.
No se trata de hablar por hablar, sino de romper el silencio con propósito: exigir seguridad, justicia, igualdad. Lo que se dice con firmeza y se sostiene con convicción puede convertirse en un acto de resistencia. Como siempre lo eh dicho el verdadero costo no está en lo que decimos, sino en lo que callamos. Y ese costo, ya lo sabemos, es demasiado alto.
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