IZTAPALAPA EN LLAMAS: La negligencia que mató

P’S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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Qué irónico que en nuestro país varias catástrofes han ocurrido en el mes de nuestra independencia. Los desastres naturales son inevitables, pero lo que acaba de ocurrir hace unos días en Iztapalapa fue una verdadera tragedia que sí pudo haberse evitado.

Las imágenes eran difíciles de procesar: personas corriendo por sus vidas, cuerpos envueltos en llamas, otros más con pedazos de tela pegados a su piel quemada, desorientados, en shock. Escenas que parecían generadas por inteligencia artificial, de tan irreales que resultaban.

El dolor colectivo fue tan palpable que era imposible ignorarlo. Como siempre, un México unido ante la desgracia no tardó en volcarse a ayudar: trasladando víctimas a hospitales, sofocando el fuego de sus cuerpos con lo que hubiera a la mano, ofreciendo palabras de aliento. Al mismo tiempo, vimos a médicos y enfermeras correr por los pasillos de hospitales, improvisando espacios para atender a decenas de pacientes con quemaduras graves. Había una preocupación genuina, un esfuerzo titánico, pero insuficiente frente a la magnitud de lo ocurrido.

Entre las víctimas, se cuentan historias que duelen: una abuela que se interpuso entre las llamas y su nieta, utilizando su cuerpo como barrera; policías que fueron más allá de su deber y se enfrentaron a una situación que claramente rebasaba cualquier protocolo. Héroes con rostro, que muy probablemente llevarán en su piel el recordatorio eterno de su hazaña.

Mientras tanto, “las esferas de arriba” observan desde su privilegio, sin exigir responsabilidades a empresas que transportan sustancias capaces de convertirse en un infierno rodante. Porque esta no fue una simple desgracia. Fue la evidencia brutal de un fallo sistémico: regulaciones que se eluden, permisos que se otorgan sin vigilar, seguros que vencen sin sanción, y compañías que operan como si estuvieran exentas de la ley.

La supuesta empresa responsable es Transportadora Silza, con base en Ciudad Juárez, que operaba una pipa de gas sin seguro vigente, con permisos incompletos o desactualizados. Que las autoridades no lo detectaran sino hasta después de la tragedia es una burla a la vida. Y parece ser, que para nuestra ciudad, Juárez, esto es otra raya al tigre: un recordatorio de que la corrupción y la negligencia no reconocen fronteras.

Exijo -y exigimos- respuestas claras:

¿Quién autorizó que circulara esa pipa sin seguro vigente?

¿Quién supervisó que estuviera en condiciones óptimas antes de cargar gas?

¿Dónde estaba la inspección que pudo evitar la tragedia?

Porque la negligencia de hoy tiene nombres y apellidos. Y quienes ocupan cargos públicos tienen la obligación de rendir cuentas. No basta con “investigar” o “abrir expedientes”. Se necesitan sanciones efectivas, responsabilidades concretas, justicia verdadera.

Claro, todo estaba “en regla”. Un camión cargado de gas, sin seguro vigente, sin medidas preventivas, rodando por calles habitadas. Y en México la supervisión funciona de maravilla… hasta que explota. Entonces sí aparecen los comunicados, las conferencias, las promesas. Pero antes, muchos, ciegos, sordos y mudos.

La tragedia de La Paz-Iztapalapa no fue un accidente: fue la consecuencia de la indiferencia y la negligencia sistemática. Y nos queda claro que el gas no perdona errores ni pretextos. Porque a los muertos ya no los devuelve ningún comunicado.

En México, se estima que 128 mil personas al año sufren algún tipo de quemadura. Miles requieren hospitalización especializada, pero el país apenas cuenta con 8 hospitales reconocidos en este campo y unas 200 camas en total. En emergencias masivas, como explosiones, la capacidad se satura en cuestión de horas.

El acceso tampoco es igual para todos:

IMSS / ISSSTE   gratuitos para derechohabientes.

CENIAQ (CDMX)   gratuito para población sin seguridad social, aunque con cupo limitado.

Fundación Michou y Mau   brinda apoyo gratuito en traslados y cobertura pediátrica.

Hospitales privados   disponibles, pero con costos poco accesibles.

La desproporción es canija. Un país con miles de quemados y apenas centenares de camas disponibles. Así, la negligencia no solo está en los permisos y la supervisión, sino también en la falta de infraestructura para atender a las víctimas cuando la tragedia ocurre.

Y, sin embargo, en medio del horror, México volvió a mostrar su fuerza. El Hospital de Magdalena de las Salinas recibió a muchísimas personas dispuestas a donar sangre para los heridos, tanta que el banco de sangre se vio rebasado por la solidaridad. Este gesto habla de que nuestro país, a pesar de las heridas profundas, responde con humanidad.

Pero hace falta más. Necesitamos concientizar sobre la donación de piel tras fallecer. La piel que ya no necesitamos puede convertirse en vida para otro, en alivio, en esperanza. Para un paciente quemado, recibir piel donada puede ser la diferencia entre vivir o morir. Donar piel es regalar futuro, incluso después de la muerte.

Que esta explosión no quede en el archivo de “accidentes inevitables”. Que nos despierte, que nos obligue a exigir seguridad, justicia y responsabilidad. Tragedias como esta no dejarán de repetirse mientras la impunidad sigue rodando por nuestras calles.

“Quien calla ante la injusticia, consiente la próxima tragedia.”   Anónimo

Pero… P’S CADA QUIEN

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