CUANDO LA RABIA ES JOVEN

P´S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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Qué pedazo de lección nos acaban de dar los jóvenes nepalíes acerca del poder que tiene un pueblo cuando se harta, se une y actúa. Bien dicen que “el valiente vive hasta que el cobarde quiere”, y hace unos días la llamada generación Z puso límites a lo que por años han venido arrastrando en su país: sobornos, injusticias, abuso de poder, corrupción.

Todos tenemos un talón de Aquiles, y cuidado cuando nos lo pisan, porque las reacciones pueden ser como esta: explosivas y con propósito firme. La gota que derramó el vaso fue la cancelación de redes sociales, ese intento torpe de callar a una generación que prácticamente respira TikTok, Facebook e Instagram. Error fatal: en vez de silenciarlos, los empujaron a las calles.

Y vaya que respondieron. Entre un pueblo enardecido, el palacio de gobierno en llamas, decenas de muertos y miles de heridos, el objetivo se cumplió: el primer ministro tuvo que presentar su renuncia y un gobierno interino tomó las riendas, prometiendo elecciones para 2026.

Lo curioso —y digno de esta generación— es que en medio del caos no dejaron de hacer lo suyo: trends, videos sarcásticos, memes circulando a la velocidad de la pólvora. Sí, la protesta fue sangrienta y dolorosa, pero también fue digital, compartida en miles de pantallas que amplificaron el mensaje.

Y ojo, que no solo destruyeron: también hubo quienes organizaron brigadas para recoger el desorden que ellos mismos provocaron. Eso, sinceramente, sí da para aplaudir. Porque aquí, en contraste, tenemos a ciertas feministas mal-empoderadas, que hacen su desmother, pintarrajean medio centro y luego se largan dejando la ciudad hecha un chiquero. La diferencia entre una protesta con propósito y un berrinche disfrazado de lucha también se nota en los detalles.

Al final, el futuro siempre acaba en manos de los jóvenes, queramos o no. Son ellos quienes pueden provocar los cambios de verdad, esos que no se pierden en peleas pequeñas ni en luchas que dividen más de lo que construyen. Una generación con claridad y con un propósito común es capaz de darle la vuelta a todo: de sacudir gobiernos enteros, de transformar un país completo y de dejar en claro que la revolución no es un grito vacío para la foto, sino una acción que pesa, que incomoda y que, sobre todo, beneficia a todos.

Ojalá y en México -solo tal vez, en un todo- pudiéramos aprender algo de Nepal. Porque si la corrupción, los sobornos y la impunidad siguen siendo el pan de cada día, tarde o temprano la generación Z mexicana también va a cansarse… y más de un político debería sentir ya el aliento del hartazgo juvenil respirándole en la nuca.

En Nepal quedó clarísimo: la unión hace la fuerza, y cuando una generación decide que no se deja, ni la represión, ni la censura, ni los palos del gobierno son suficientes. Quizá lo más esperanzador de todo es recordar que el pueblo siempre tiene la última palabra… aunque a veces necesite prenderle fuego a un palacio para que se escuche.

“El que siembra vientos, cosecha tempestades.”

Pero… P´S CADA QUIEN

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