LA TRAMPA DE LA “E”

P’S CADA QUIEN Por Sonia Espino

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El estado grande puso el ejemplo: Chihuahua se convirtió en el primer estado en prohibir el “lenguaje inclusivo” en las escuelas. Aunque muchas personas no estuvieron de acuerdo con esta medida —argumentando que se debe dar visibilidad a quienes por años no la han tenido—, lo cierto es que esto se salió de control.

En todos lados existen reglas: de tránsito, sociales y, en este caso, gramaticales. La prohibición no es censura; es un intento de proteger la claridad educativa y garantizar que los niños aprendan sin confusiones innecesarias.

Los adultos podemos —o por lo menos deberíamos— hacernos cargo de nuestras decisiones y actos. Pero cuando ciertos grupos buscan imponer sus “ideales”, quienes terminan pagando son los niños. Forzar un “lenguaje” confuso en materiales didácticos o en el aula es retroceso maquillado de “evolución”.

Los menores no están para pleitos ideológicos sobre gramática; su mundo es entender lo que se les enseña. Cambiar la lengua con la que comprenden la realidad es lanzarles un mensaje que nadie se detiene a explicar.

Con estas ocurrencias lingüísticas se vulnera el derecho de los niños a crecer como niños. Se les somete a un revoltijo de vocales y palabras inventadas que no aportan comprensión, solo frustración. Ningún adulto, escondido detrás de la bandera de la “igualdad”, tiene derecho a trastornar la mente de la niñez.

Alterar el lenguaje no es una travesura inofensiva: es abrir la puerta a que el capricho se vuelva norma. Si a un niño se le permite torcer las palabras “porque así se expresa”, mañana querrá torcer las reglas del respeto. Como dejar que un menor insulte porque “así hablan en su casa”: al principio parece costumbre; al final, la grosería se normaliza y la autoridad del idioma se diluye. Cuando el lenguaje pierde estructura, lo siguiente que se pierde es el sentido común.

Si bien falta mucho para que la educación sea prioridad real, con experimentos de este tipo se pierde aún más el enfoque. Dejemos a los niños ser niños: que su tarea sea aprender con claridad, no memorizar rarezas pasajeras. Un giro de ocurrencias nunca debe ponerse por encima de la lógica ni de la buena comprensión.

La “E” y sus variantes no son inclusión: son un parche ideológico que pretende cambiar la lógica del idioma de la noche a la mañana. El español no necesita muletas; sus reglas —heredadas del latín— ya permiten hablar de todos sin confundir a nadie. El masculino plural no es un ataque: históricamente ha sido una forma práctica de referirse a grupos mixtos. Forzar alteraciones subestima a quien aprende y convierte la lengua en un caos efímero presentado como avance.

Nunca existieron “todes”, “niñe” ni “alumne”. Y no, hablar como “estupide” no es un avance conceptual ni demuestra mayor inteligencia; es un atentado absurdo contra la lógica del idioma. Respetar las reglas gramaticales permite que emisor y receptor se entiendan sin vueltas, y ninguna ocurrencia lingüística pasajera puede reemplazar eso. La lengua no es un juguete ni un experimento; es la herramienta que nos permite transmitir ideas con claridad y sentido.

El respeto a la gramática no limita la inclusión; garantiza que todos puedan ser comprendidos. Impedir que los niños aprendan bien, bajo el pretexto de una ocurrencia lingüística, es desprotegerlos, no empoderarlos. Los adultos tenemos la responsabilidad de guiar, no confundir; de ofrecer un idioma-puente, no un laberinto.

El verdadero riesgo no está en la letra “E”, sino en la costumbre de convertir los caprichos en verdades. Si repetimos lo suficiente una distorsión, termina pareciendo realidad. Y cuando una sociedad empieza a llamar “normal” a lo que no existe, deja de enseñar a razonar y empieza a entrenar para obedecer.

Dejemos que los niños crezcan con certezas, no con experimentos. Que aprendan a comunicarse, no a repetir extravagancias que se desvanecerán como cualquier otro capricho.

“Sentido común sobre ideología.” —Carlos Olson

Pero… p’s cada quien.

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