NUESTRA REVOLUCIÓN, AYER Y HOY

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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La Revolución Mexicana suele narrarse como una historia de héroes: hombres a caballo, rifles al hombro, discursos encendidos y batallas que cambiaron el rumbo del país. Sin embargo, detrás de esa imagen glorificada hay una verdad que durante décadas se nos contó a medias. La Revolución no la hicieron solo ellos; la sostuvieron también ellas: miles de mujeres que, sin recibir méritos ni monumentos, llevaron sobre sus espaldas una parte igual —y a veces más dura— de la lucha.

Las soldaderas, las adelitas, las enfermeras, las mensajeras, las cocineras, las estrategas invisibles: todas fueron parte de esa transformación profunda que a veces se nos olvida reconocer. Acompañaron a los ejércitos no por romanticismo, sino por supervivencia. Algunas iban porque seguir a su esposo o pareja era la única oportunidad de no quedarse solas en pueblos arrasados. Otras, porque entendieron que la causa también era suya. Y otras, porque querían pelear por una vida distinta a la que la sociedad de principios del siglo XX les había asignado.

La imagen más difundida es la de la mujer caminando detrás del tren, cargando ollas, niños, ropa y arma. Pero la realidad fue mucho más amplia: hubo mujeres que obtuvieron rango militar, que organizaron batallones, que dirigieron operaciones. Hubo quienes recorrieron kilómetros con mensajes que cambiaron el rumbo de combates completos. Hubo quienes tomaron decisiones tácticas, quienes salvaron vidas con conocimientos improvisados o empíricos, quienes sostuvieron la moral de los grupos durante meses enteros. Y todo esto lo hicieron sin preguntar si la historia iba a recordarlas.

A más de un siglo de distancia, sigue doliendo y sorprendiendo lo poco que se menciona su nombre en los relatos oficiales. La Revolución se escribió en masculino, aunque se vivió en femenino. Y no hablo de un feminismo moderno, sino de una verdad simple: sin ellas, el movimiento habría sido más lento, más frágil y posiblemente menos profundo.

Pero si miro la Revolución desde la mirada femenina de hoy, encuentro una reflexión inevitable: las mujeres mexicanas seguimos haciendo nuestras propias revoluciones todos los días. Tal vez ya no caminamos detrás de un tren cargado de combatientes, pero sí cargamos jornadas dobles y triples. No alimentamos a un batallón, pero sostenemos hogares enteros. No curamos heridas de guerra, pero sanamos corazones, guiamos a nuestros hijos, sostenemos a nuestras familias y salimos a enfrentar un mundo que todavía cuestiona si nuestras batallas valen tanto como las de ellos.

La revolución moderna no se libra con rifles, sino con voz, con presencia, con valentía. Se libra cada vez que una mujer decide levantar la mano en una reunión donde siempre se le pidió guardar silencio. Cada vez que una madre lucha por criar a sus hijos en condiciones más dignas de las que ella tuvo. Cada vez que una joven se atreve a cuestionar lo que le dijeron que tenía que ser. Cada vez que una mujer entra en la política, en el emprendimiento, en el liderazgo, sabiendo que tendrá que demostrar el doble para ser vista la mitad.

Cuando pienso en esas mujeres de 1910, pienso también en las mujeres de hoy que batallan sin reflectores. Pienso en las que trabajan horas extras sin reconocimiento; en las que cuidan a adultos mayores, a hijos, a enfermos, sin recibir un salario por ello; en las que levantan negocios desde cero; en las que salen adelante tras una ruptura o una pérdida; en las que llegan a casa cansadas, pero siguen dando lo mejor de sí.

La revolución de ellas fue física. La nuestra es emocional, económica, social y, sobre todo, silenciosa. Pero no por ser silenciosa deja de ser profunda.

Y creo, sinceramente, que nuestra revolución actual tiene un desafío enorme: lograr que no nos vuelva a pasar lo que les pasó a ellas. Que nuestra participación no quede relegada al pie de página de un libro de historia. Que nuestras voces no sean olvidadas. Que la transformación que hoy impulsamos —desde la política, desde la comunidad, desde el trabajo y desde el hogar— quede registrada, celebrada y entendida como parte esencial del México contemporáneo.

Las mujeres que hicieron la Revolución Mexicana merecen que su historia se cuente completa.

Las mujeres que vivimos hoy merecemos que nuestra historia también trascienda.

La verdadera revolución no terminó, sigue viva cada vez que una mujer se rebela contra lo que le dijeron que era imposible.

Cada vez que recupera su voz.

Cada vez que decide no retroceder.

Cada vez que elige avanzar, así sea un paso pequeño.

Ellas abrieron el camino nosotras lo seguimos caminando; y nuestras hijas un día, lo caminarán más libremente si hoy no dejamos de hacer lo nuestro.

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