EL AGUA EN MÉXICO: ENTRE LA URGENCIA Y LA RESPONSABILIDAD

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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México está viviendo un momento decisivo en pleno siglo XXI, enfrentamos sequías históricas, acuíferos sobreexplotados y una demanda que crece más rápido que nuestra capacidad de abastecimiento. El agua, que durante décadas se administró con reglas hechas para otro país y para otra realidad, hoy exige una reforma profunda y ese es el sentido de la nueva Ley General de Aguas.

Mucho se ha dicho en los últimos días. Se han visto protestas, bloqueos y un clima de desinformación que no ayuda a entender lo que realmente está en juego. Pero detrás de la narrativa del conflicto, lo que busca esta ley es algo que México debió hacer desde hace años: poner orden donde reinaba el privilegio, proteger un recurso vital para las generaciones futuras y garantizar que el agua sea un derecho humano, no un beneficio condicionado por herencias, acaparamientos o intereses particulares.

La propuesta parte de una premisa simple y justa: el agua es un bien de la nación, y como tal debe administrarse con reglas claras, transparentes y equitativas. Esto no significa despojar a quienes trabajan la tierra ni vulnerar el sustento de las comunidades rurales; significa asegurar que todos —del agricultor al habitante de la ciudad— tengan acceso a un recurso que ya no es infinito.

Durante décadas, la distribución del agua se manejó de forma desigual. Algunos territorios concentraron concesiones y privilegios que otras regiones jamás pudieron obtener. En el norte sabemos bien lo que implica la escasez: pozos que se agotan, ciclos de siembra reducidos, cosechas en riesgo, y familias enteras que dependen de un recurso cada vez más limitado. ¿Cómo enfrentar esa realidad sin una reforma profunda? es cierto que las protestas recientes expresan preocupaciones legítimas. Las familias que han vivido del campo por generaciones quieren certeza, estabilidad y respeto a su esfuerzo. Por eso, el gobierno ha dejado claro que la ley no eliminará la posibilidad de heredar ni transmitir concesiones, y que se escucharán todas las voces necesarias para perfeccionar el dictamen. La rectoría del Estado no está peleada con los derechos adquiridos; al contrario, los protege dentro de un marco moderno y sostenible.

Pero también es importante decirlo con claridad: quienes se oponen sin abrir diálogo no están defendiendo al campo, sino viejos privilegios. No se puede seguir tratando el agua como si fuera una propiedad privada negociable a discreción. No en un país donde millones todavía batallan para recibir agua potable todos los días. No en un futuro donde la escasez será uno de los mayores desafíos nacionales.

La ley no busca castigar al agricultor; busca evitar que unos cuantos definan el destino del agua para todos, busca que la gestión del agua deje de ser un terreno opaco y se convierta en una política pública responsable, busca que la autoridad tenga capacidad real para frenar abusos, regular de forma justa, y priorizar usos esenciales cuando el país lo necesite. Este debate no se trata solo de política. Se trata de cómo vamos a vivir en los próximos 20, 30 o 50 años, de si tendremos agua para producir alimentos, para sostener ciudades, para mantener nuestras comunidades, de si vamos a enfrentar la crisis climática con reglas viejas o con un marco legal que esté a la altura del momento.

Hoy más que nunca México necesita valentía para ordenar lo que llevaba décadas sin tocarse. Esta ley puede incomodar a algunos, pero beneficia al país entero. Porque el agua no puede seguir siendo botín, ni moneda de cambio, ni privilegio heredado: debe ser un derecho colectivo y un recurso cuidado con responsabilidad y este es el momento de asumirlo.

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