ENTRE LA VIVENCIA Y LA PERCEPCIÓN

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Hablar de violencia política de género exige hacerlo desde la experiencia propia, pero también desde el respeto absoluto a las vivencias ajenas. No todas las miradas son iguales, y no todas las percepciones coinciden, pero todas merecen ser escuchadas.

Hay palabras que no se dicen a la ligera. Palabras que nacieron del dolor, de la exclusión y de luchas largas. Violencia política en razón de género es una de ellas. Nombrarla fue, en su momento, un acto de justicia. Reconocerla, una conquista. Protegerla, una obligación.

Pero como toda palabra poderosa, también puede desgastarse. Y hoy, vale la pena preguntarnos —con serenidad y sin miedo— qué pasa cuando una causa justa empieza a usarse sin el cuidado que merece.

La violencia política de género no surgió para incomodar debates ni para cancelar la crítica. Surgió para visibilizar una realidad: durante décadas, muchas mujeres fueron silenciadas, desplazadas, ridiculizadas o expulsadas de la vida pública simplemente por ser mujeres. No por sus decisiones, no por sus errores, sino por atreverse a ocupar espacios que no les habían sido concedidos.

En México, este reconocimiento fue tomando forma a partir de los años 2000’ y se fortaleció con marcos legales como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, publicada en 2007. Más adelante, entre 2019 y 2020, la violencia política de género se incorporó de manera más clara al ámbito electoral y legislativo, reconociendo que el poder también puede ejercer violencia cuando discrimina, excluye o castiga desde el género.

Ese origen importa. Porque nos recuerda que esta figura existe para proteger derechos, no para evitar preguntas.

La política, nos guste o no, es un espacio de tensión. De decisiones públicas. De errores visibles. De desacuerdos internos. Y también de críticas. Ser mujer en la política no debería implicar ser intocable, sino ser respetada. Y respeto no es sinónimo de silencio.

No toda crítica es violencia.

No todo señalamiento es misoginia.

No toda diferencia es una agresión de género.

Cuando empezamos a confundir estos límites, algo se rompe.

Porque si todo se nombra violencia, la violencia real se diluye. Y quienes verdaderamente la viven —las mujeres que sí son calladas, desplazadas o desacreditadas por su condición de género— quedan más solas, más invisibles y menos creídas.

Decir esto no es negar la violencia política de género. Al contrario: es cuidarla. Es entender que su fuerza está en su precisión, no en su uso indiscriminado. En su verdad, no en su conveniencia.

También es una invitación incómoda, pero necesaria, a mirarnos entre mujeres en la vida pública. A reconocer que ejercer poder implica responsabilidad. Que la rendición de cuentas no es un castigo. Que explicar decisiones no es una agresión. Y que el feminismo político no puede convertirse en un refugio para no responder, sino en una ética para hacerlo mejor.

Hemos luchado por estar en la mesa, no para voltear la silla. Por tener voz, no para anular otras. Por transformar la política, no para repetir sus vicios con un nuevo lenguaje.

Defender una causa implica también ponerle límites. Nombrar la violencia cuando existe, sí pero no usarla como atajo; no convertirla en escudo. No vaciarla de sentido.

Lo que hoy ocurre en espacios legislativos cercanos nos recuerda que la violencia política de género no puede analizarse al margen del contexto. Nombrarla exige cuidado, pero también exige honestidad. Porque una causa que nació para proteger a las mujeres no puede convertirse en un recurso para profundizar fracturas internas, sino en una oportunidad para ejercer la política con más altura, más responsabilidad y más verdad.

Tal vez ahí esté el verdadero reto: aprender a sostener causas justas sin convertirlas en refugio frente a la crítica. Defenderlas con firmeza, sí, pero también con honestidad. Porque sólo así la política puede recuperar algo que hoy parece escaso: responsabilidad, diálogo y verdad.

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