UNA CIUDAD PUESTA A PRUEBA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Después de la nevada del domingo, precedida por dos días de lluvia constante, Ciudad Juárez volvió a mostrar sus heridas. El paisaje blanco duró poco. Lo que quedó después fueron calles abiertas, charcos profundos, inundaciones en colonias enteras y socavones que aparecieron como recordatorio de una realidad que el clima solo acelera, pero no provoca.

El problema no es la nieve, ni la lluvia, ni siquiera el frío. El problema es lo que ocurre debajo del asfalto cuando una ciudad arrastra años de rezago en infraestructura, planeación y mantenimiento.

Cada temporada de precipitaciones hace visible lo que durante meses permanece oculto: drenajes colapsados, tuberías viejas, vialidades frágiles y soluciones temporales que ya no alcanzan.

Los socavones que han surgido en distintos puntos de la ciudad no son accidentes aislados ni “fenómenos naturales inevitables”. Son síntomas. Son la consecuencia de décadas de crecimiento urbano sin el acompañamiento necesario en servicios básicos. Son el reflejo de una ciudad que creció rápido, trabajó duro, pero fue postergada en lo esencial.

Sería injusto decir que no existe esfuerzo por parte de la autoridad actual. Hay atención, hay reacción, hay cuadrillas que acuden cuando el daño se presenta y se intenta restablecer la movilidad y reducir riesgos. Eso debe reconocerse. Sin embargo, también es necesario decirlo con honestidad: el rezago es tan profundo que no se resuelve con acciones aisladas ni con el mínimo indispensable.

Una ciudad como Juárez no puede aspirar a resultados distintos si solo se le pone “un poco” a un problema que requiere el doble o el triple de inversión, planeación y seguimiento. No se trata de apagar fuegos cada temporada, sino de asumir que el abandono acumulado durante años no se corrige con parches ni con respuestas de emergencia. Lo más preocupante no es solo el daño material, sino la normalización del riesgo. Nos hemos acostumbrado a ver cintas amarillas, calles cerradas de un día para otro y explicaciones técnicas que rara vez llegan al fondo del problema. Se habla de lluvias atípicas o de condiciones del terreno, pero pocas veces se aborda la raíz: una infraestructura que no fue renovada al ritmo que la ciudad necesitaba.

Y ese costo no lo pagan los informes ni los comunicados. Lo pagamos las personas. Quienes usamos esas calles para ir a trabajar, quienes viven cerca de un socavón sin saber si el suelo seguirá cediendo, quienes ven cómo su colonia se inunda cada vez que llueve con fuerza. Lo pagan también los comercios, las escuelas y las familias que viven con la incertidumbre de que la próxima tormenta será peor.

Juárez es una ciudad resiliente, sí. Pero la resiliencia no puede seguir siendo la excusa para aceptar condiciones precarias como si fueran normales. Resistir no es lo mismo que estar bien. Adaptarse no significa resignarse. Una ciudad fronteriza, estratégica y profundamente trabajadora merece infraestructura a la altura de su gente.

Hoy, Juárez necesita algo más que respuestas inmediatas. Necesita diagnósticos claros y públicos, planeación de largo plazo y voluntad política para enfrentar un problema que no nació este año ni el anterior. Porque los socavones no aparecen de un día para otro: se forman lentamente, debajo de capas de negligencia acumulada.

Reconocer lo que se hace no significa conformarse. Exigir más es comprender la magnitud del reto. Y hacerlo desde una mirada constructiva es apostar por una ciudad que no solo resiste las lluvias, sino que está preparada para ellas.

Porque una ciudad que se hunde no solo pierde suelo: pierde confianza. Y esa, una vez rota, tarda mucho más en repararse que cualquier calle.

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