LA LEY POR ENCIMA DEL MIEDO

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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En un país que durante años vio crecer estructuras criminales hasta convertirse en poderes paralelos, cada acción firme del Estado tiene un significado que va más allá del operativo.

No se trata solo de enfrentar a un líder del crimen organizado o de debilitar una estructura violenta. Se trata del mensaje que se envía a millones de mexicanos: la ley existe, la autoridad actúa y nadie está por encima de las instituciones.

Cuando el gobierno federal y las fuerzas de seguridad deciden enfrentar a organizaciones que han sembrado violencia durante años, no es un acto menor. Es una demostración de determinación. Es la confirmación de que el Estado no puede ni debe ceder ante el miedo.

Eso merece reconocimiento.

Detrás de cada operación hay mujeres y hombres uniformados que arriesgan su vida. Hay inteligencia, coordinación y estrategia. Hay decisiones complejas que no siempre se ven desde fuera, pero que son necesarias para recuperar el control del territorio y fortalecer el Estado de derecho.

Enfrentar al crimen organizado no es sencillo. No es cómodo. No es inmediato. Pero es indispensable.

Cada golpe a estas estructuras representa un avance en la construcción de un país más seguro. Y cuando el Estado actúa con firmeza, envía una señal clara: la impunidad no puede ser la regla.

Sin embargo, también es cierto que cuando se toca la cima de una organización criminal, la sociedad siente inquietud. La historia nos ha enseñado que los movimientos en esas estructuras pueden generar tensiones y reacomodos. Las familias lo perciben. Los comercios lo comentan. Las conversaciones cambian.

Esa sensación de vulnerabilidad es real.

Y reconocerla no es cuestionar la acción del gobierno; es entender que la seguridad no termina en un operativo exitoso. Continúa en la protección de la ciudadanía. Continúa en la presencia institucional que garantice estabilidad. Continúa en la certeza de que la vida cotidiana no se verá alterada.

La seguridad verdadera se mide en algo muy simple: la tranquilidad.

La tranquilidad de que los niños puedan ir a la escuela sin miedo.

La tranquilidad de que los negocios abran con normalidad.

La tranquilidad de que las familias puedan salir y regresar a casa sin sobresaltos.

Como mujer y como madre, ese es el punto que más me importa.

Más allá de los nombres, más allá de los titulares, lo que verdaderamente deseo es que nuestros hijos crezcan en un país donde la violencia no sea parte de la conversación diaria. Donde no tengan que aprender a distinguir entre “zonas seguras” y “zonas de riesgo”. Donde el miedo no sea una herencia.

Por eso es importante respaldar cuando el Estado actúa con decisión. Porque cada paso que debilita a las estructuras criminales es un paso hacia un país más justo. Y porque reconocer el trabajo de nuestras fuerzas de seguridad también fortalece la confianza institucional.

Hoy toca valorar la firmeza.

Toca reconocer la coordinación.

Toca agradecer el esfuerzo de quienes enfrentan riesgos que muchos no vemos.

Pero también toca mantener el enfoque en lo esencial: la gente.

La seguridad no es un logro político. Es una necesidad social. Es el derecho de cada familia a vivir en paz.

Como madre, no quiero un país paralizado por el miedo. Quiero un país que enfrente sus problemas con determinación. Quiero un país donde el Estado no se esconda, sino que actúe. Y quiero un país donde cada acción firme se traduzca en más tranquilidad para nuestras comunidades.

Cuando el Estado actúa con responsabilidad y estrategia, no solo debilita a una organización criminal.

Fortalece la esperanza.

Y esa esperanza —la de vivir sin miedo, la de criar a nuestros hijos en paz, la de confiar en nuestras instituciones— es algo que vale la pena defender todos los días.

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