POLICÍAS EN EL TENDEDERO DE LAS MUJERES

RAYOS Y CENTELLAS Por Luis Carlos Carrasco

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El 8 de marzo suele dejar muchas postales. Algunas incómodas, otras necesarias. Pero este año, frente al monumento a Benito Juárez, apareció una de esas imágenes que a más de uno le provocó sudor frío: un tendedero enorme donde se exhibían nombres, fotografías y señalamientos de presuntos generadores de violencia contra las mujeres.

Nada nuevo en la dinámica de las marchas del 8M. Los tendederos se han vuelto una forma de denuncia pública cuando las instituciones no alcanzan —o no quieren alcanzar— a responder. Lo llamativo esta vez fue quiénes aparecieron colgados en ese improvisado muro de señalamientos.

Entre los nombres figuraban varios agentes de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE).

Sí, policías.

Y no policías cualesquiera.

Las pancartas señalaban directamente a elementos bajo el mando del secretario Gilberto Loya, a quien en los pasillos políticos y policiacos conocen con el peculiar apodo del “Cachorro de la Cruz”.

Entre las fotografías que más llamaron la atención estaba la de Enrique Oceguera, identificado como Director de Inteligencia de la SSPE. Las denunciantes afirmaron públicamente que el jefe policiaco presuntamente ofrece plazas o favores laborales a cambio de sexo. Según los testimonios colocados en el tendedero, algunas mujeres dentro de la corporación tendrían que “convencerlo” si quieren renovar contrato o mantener su posición.

Las acusaciones no se quedaron ahí. También lo describieron como aficionado a la bebida, al grado —según las denuncias exhibidas— de presentarse a trabajar “medio alegre” y aprovechar la circunstancia para acosar a subordinadas.

Eso fue lo que se leyó. Eso fue lo que se denunció. Y eso fue lo que quedó colgado frente a todos.

Otro nombre balconeado fue el de César Andrade Briones, policía estatal. En su caso, el señalamiento fue distinto pero igual de escandaloso: lo acusan de negarse a reconocer a un hijo con autismo y de evadir las demandas legales de paternidad.

Historias personales que, al exponerse públicamente, terminan convirtiéndose en asuntos políticos.

Porque cuando los nombres aparecen ligados a una corporación policiaca, el problema deja de ser privado.

Se vuelve institucional.

Y ahí es donde inevitablemente surge la pregunta incómoda: ¿qué tanto sabe el jefe?

El secretario Gilberto Loya, el famoso “Cachorro de la Cruz”, tendría que saber qué pasa con sus muchachos. Aunque en los corrillos políticos hay quien dice que el secretario es más bien figura decorativa, un funcionario sentado en la silla por requisito administrativo mientras otros mueven realmente las piezas dentro de la corporación.

En su natal La Cruz, cuentan los paisanos que Gilberto Loya siempre fue un hombre tranquilo. Tan tranquilo que —según dicen con ironía— ni siquiera conocía las armas de fuego. Lo suyo, recuerdan, era cazar pajaritos con resortera.

La política, sin embargo, tiene esa curiosa capacidad de transformar cazadores de resortera en jefes de policía.

Y también tiene la mala costumbre de exhibir, tarde o temprano, lo que se intenta mantener bajo la mesa.

Por eso el tendedero del 8 de marzo no solo colgó nombres.

Colgó preguntas.

Y esas, por lo general, son mucho más difíciles de bajar.

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