AMLO Y SU RETIRO SIMULADO QUE AHORA PESA

RAYOS Y CENTELLAS Por Luis Carlos Carrasco

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Dicen que retirarse es saber irse a tiempo. Pero en la política mexicana existe una modalidad más sofisticada: retirarse para seguir apareciendo. Algo así parece ocurrir con el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien, pese a haberse despedido oficialmente de la vida pública, ha encontrado por lo menos cinco oportunidades para recordarle al país que sigue presente, observando y, de vez en cuando, dejando caer alguna señal desde su supuesto exilio político.

Sin embargo, la estrategia de mantenerse en escena parece estar enfrentando una realidad incómoda: los aplausos ya no suenan con la misma intensidad.

De acuerdo con las mediciones de Atlas Intel y Bloomberg, la imagen positiva del exmandatario pasó de 65 por ciento en febrero a 48 por ciento en mayo. Una caída de 17 puntos en apenas tres meses. En términos beisboleros, sería como perder una elección sin necesidad de que hubiera campaña.

La pregunta inevitable es qué ocurrió. Porque hasta hace poco parecía que López Obrador había descubierto la fórmula de la inmortalidad política: gobernar seis años, retirarse, seguir influyendo y además conservar niveles de popularidad que muchos gobernantes en activo envidiarían.

Pero los números sugieren que la realidad tiene la desagradable costumbre de llegar sin invitación.

Coincidentemente, el descenso ocurre mientras desde Estados Unidos se acumulan señalamientos sobre presuntos vínculos de personajes de Morena con grupos criminales. Como si eso no fuera suficiente, persisten las acusaciones de corrupción contra algunos familiares y excolaboradores del expresidente, un tema particularmente incómodo para un movimiento que durante años aseguró poseer una superioridad moral prácticamente certificada por notario.

Y cuando parecía que el menú de problemas estaba completo, apareció un nuevo ingrediente: una denuncia ante la Corte Penal Internacional por la estrategia de seguridad conocida como “Abrazos, no balazos”.

Una política que prometía atacar las causas de la violencia y que terminó dejando una discusión incómoda sobre los resultados. Porque mientras los abrazos se convirtieron en lema, los balazos nunca parecieron enterarse del cambio de estrategia.

Los críticos afirman que el saldo fue devastador: cientos de miles de homicidios, desaparecidos, desplazados y regiones donde los grupos criminales ejercen más autoridad que muchos gobiernos municipales. Una evaluación que, independientemente de las responsabilidades legales que pudieran o no derivarse, comienza a cobrar factura en el terreno político.

Quizá el problema para López Obrador no sea la oposición. Después de todo, sobrevivió durante décadas a sus adversarios. Quizá el verdadero problema sea que la realidad está haciendo campaña por su cuenta. Y contra esa, ni las mañaneras alcanzan. Porque una cosa es construir una narrativa y otra muy distinta impedir que los datos pidan la palabra.

Al final, el expresidente podría descubrir una verdad elemental de la política: los mitos son resistentes, pero las estadísticas son tercas. Y cuando ambas chocan, normalmente es el mito el que termina necesitando abrazos.

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