CUANDO MÉXICO DEJÓ DE DISCUTIR…

DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly

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Durante un mes ocurrió algo que parecía imposible: México dejó de pelear consigo mismo.

El Mundial terminó, pero nos dejó una imagen que vale mucho más que cualquier marcador. Millones de mexicanos, sin importar su ideología, nivel socioeconómico, religión, profesión o preferencia política, vistieron la misma camiseta, cantaron el mismo himno y gritaron los mismos goles. Por unas semanas dejamos de ser los del “norte contra el sur”, los “chairos contra fifís”, los “ricos contra pobres”, los “conservadores contra progresistas”. Fuimos, simplemente, mexicanos.

Y qué falta nos hacía.

Porque si algo ha caracterizado la vida pública del país durante los últimos años es la permanente confrontación. La polarización se volvió una estrategia política rentable. Dividir genera votos. Enfrentar genera aplausos entre los convencidos. Convertir al que piensa distinto en enemigo parece haberse vuelto una herramienta cotidiana del discurso público.

Sin embargo, el fútbol nos recordó una verdad incómoda para quienes viven de dividir: los mexicanos no nacimos para odiarnos. Nacimos para abrazarnos después de un gol. Para cantar con desconocidos. Para llorar juntos una eliminación o celebrar una victoria como si fuera propia.

El Mundial volvió a demostrar que la identidad nacional sigue existiendo; simplemente había estado sepultada bajo toneladas de discursos de odio que buscan convencernos de que siempre debemos estar enfrentados.

Hubo otro detalle que pasó prácticamente desapercibido y que merece una reflexión aparte. Nadie pudo apropiarse del Mundial.

Ningún partido político logró colgarse de los triunfos de la Selección. Ningún gobernante pudo adjudicarse una victoria. Ningún opositor pudo convertir una derrota en bandera política. Los goles fueron de los jugadores; las emociones fueron de la gente.

Y eso es profundamente sano para una democracia. Porque el deporte debe pertenecer a los ciudadanos, no a los gobiernos.

Durante años hemos visto cómo distintas administraciones intentan convertir cualquier éxito colectivo en propaganda institucional. Esta vez no ocurrió. La afición hizo suyo el mundial y recordó que existen espacios donde la política debe quedarse en la banca.

Las plazas públicas, los restaurantes, los hogares y las calles se llenaron de familias completas. Personas que normalmente no coinciden en nada compartieron la misma mesa para ver un partido. Vecinos que apenas se saludaban terminaron celebrando abrazados. En las redes sociales, por unos días, abundaron más las fotografías con la camiseta nacional que las discusiones interminables entre simpatizantes de uno u otro proyecto político.

¿Se imagina usted un país donde esa sea la regla y no la excepción?

Porque el problema nunca ha sido pensar diferente. El problema aparece cuando dejamos de reconocer humanidad en quien piensa distinto.

La polarización no solamente rompe debates; rompe amistades, familias, centros de trabajo y comunidades enteras. Nos acostumbra a clasificar personas antes de escucharlas. Nos hace creer que quien no coincide conmigo merece ser ridiculizado, cancelado o despreciado.

Y eso termina erosionando algo mucho más importante que una elección: la confianza social.

Una nación incapaz de dialogar difícilmente podrá resolver sus problemas más profundos.

Ciudad Juárez conoce bien el valor de la unidad. Esta frontera ha salido adelante gracias a personas de todos los estados del país que decidieron construir aquí su futuro. Somos una ciudad formada por migrantes, por familias que llegaron buscando oportunidades y que aprendieron que cooperar vale mucho más que confrontarse.

Quizá por eso el mundial tuvo un significado especial. Nos recordó que, cuando dejamos de ver colores partidistas, descubrimos algo mucho más poderoso: compartimos los mismos sueños.

Queremos seguridad. Queremos empleos. Queremos salud. Queremos que nuestros hijos vivan mejor. En el fondo, las diferencias no son tantas como a veces nos hacen creer.

El mundial terminó. Las camisetas volverán al clóset y los estadios quedarán vacíos. Pero sería una enorme oportunidad perdida si también guardáramos la lección que nos dejó.

México funciona mejor cuando se encuentra que cuando se enfrenta.

Ojalá quienes hoy ocupan posiciones de poder entendieran que gobernar no consiste en dividir para conservar apoyo, sino en unir para construir futuro.

Porque si once jugadores lograron que más de 130 millones de mexicanos olvidáramos nuestras diferencias durante noventa minutos, quizá el verdadero reto no sea ganar un mundial.

Quizá el verdadero desafío sea aprender a seguir siendo equipo cuando se apagan las luces del estadio.

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