Vivimos convencidos de que avanzar significa hacer más. Más reuniones, más mensajes, más pendientes, más metas, más productividad. Nos despertamos con la sensación de llegar tarde y nos acostamos con la culpa de no haber hecho lo suficiente. La prisa dejó de ser una circunstancia; se convirtió en una identidad.
Lo preocupante no es que corramos. Lo preocupante es que ya olvidamos hacia dónde.
Las ciudades son el mejor reflejo de esta contradicción. Invertimos millones en reducir cinco minutos un trayecto, pero somos incapaces de dedicar cinco minutos a escuchar a un vecino. Exigimos respuestas inmediatas de los gobiernos, de las empresas e incluso de nuestras familias, mientras cada vez toleramos menos los procesos que realmente transforman las cosas.
Queremos que la economía crezca en un trimestre, que la inseguridad desaparezca en un año, que la educación mejore con una reforma y que un gobernante resuelva en seis años problemas que llevan décadas acumulándose. Hemos desarrollado una peligrosa adicción a los resultados instantáneos.
La política tampoco escapó a esta lógica. Hoy importa más el video de treinta segundos que la política pública de treinta páginas. Se gobierna para la siguiente tendencia, no para la siguiente generación. Una inauguración genera más atención que un programa de mantenimiento; un anuncio tiene más impacto que una evaluación seria. La imagen, demasiadas veces, desplazó al fondo.
Pero la historia siempre ha tenido otro ritmo.
Los grandes proyectos de infraestructura tardan años. Formar un buen maestro toma décadas. Construir confianza entre ciudadanos y autoridades requiere constancia. Recuperar un bosque, un río o una comunidad nunca ocurre de la noche a la mañana. Todo aquello que realmente vale la pena necesita tiempo.
Quizá el verdadero liderazgo consista precisamente en hacer aquello que no dará aplausos inmediatos. Apostar por obras que otros inaugurarán. Sembrar árboles cuya sombra disfrutará alguien más. Diseñar políticas públicas cuyos beneficios aparecerán cuando el autor ya no ocupe el cargo. Esa es una forma de servicio público que rara vez obtiene titulares, pero que termina cambiando el destino de una sociedad.
Como ciudadanos también tenemos una responsabilidad. Hemos aprendido a indignarnos con velocidad, pero no a comprometernos con paciencia. Compartimos una denuncia en redes sociales, aunque pocas veces asistimos a una reunión vecinal. Exigimos transparencia, pero ignoramos los mecanismos de participación. Queremos gobiernos mejores sin preguntarnos qué tan buenos ciudadanos estamos siendo.
Tal vez el progreso no dependa únicamente de hacer más rápido las cosas, sino de hacer las correctas durante el tiempo suficiente.
Porque la prisa construye campañas. La paciencia construye instituciones.
Y cuando dentro de veinte años alguien pregunte por qué una ciudad prosperó mientras otra se estancó, difícilmente la respuesta estará en el discurso más viral o en la publicación con más reacciones. Estará en aquellas decisiones silenciosas que no buscaban el aplauso del presente, sino el bienestar del futuro.
En una época donde todo parece urgente, quizá el acto más revolucionario sea volver a pensar a largo plazo.
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