EDUCAR PARA UN MUNDO QUE YA CAMBIÓ

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Esta semana millones de niños y jóvenes regresaron a las aulas. Volvieron los uniformes, las mochilas, los cuadernos nuevos, las prisas por las mañanas y esa fotografía inevitable del primer día de clases que cada año llena nuestras redes sociales.

Pero este regreso ocurre en un momento muy distinto al de hace apenas algunos años. Mientras las escuelas retoman clases, afuera de ellas el mundo está cambiando a una velocidad difícil de seguir y la inteligencia artificial es probablemente uno de los ejemplos más evidentes.

El mundo para el que estudiamos quienes hoy somos adultos ya no existe de la misma manera. Durante generaciones crecimos con la idea de que estudiar, obtener buenas calificaciones, terminar una carrera profesional y conseguir un empleo era una ruta relativamente segura hacia la estabilidad. Hoy esa fórmula comienza a transformarse.

La inteligencia artificial ya puede redactar textos, traducir idiomas, analizar enormes cantidades de información, programar, diseñar imágenes y resolver en segundos tareas que antes requerían horas de trabajo. No se trata de imaginar un futuro lejano: muchas de esas herramientas ya están disponibles en un teléfono celular y nuestros hijos comienzan a utilizarlas, muchas veces con mayor naturalidad que nosotros.

Eso obliga también a replantear qué significa estar preparado.

Durante muchos años nuestro sistema educativo ha dado un enorme peso a la capacidad de memorizar información: fechas, fórmulas, definiciones y procedimientos que después deben repetirse correctamente en un examen. Ese conocimiento sigue siendo necesario, pero ya no puede ser suficiente.

Hoy prácticamente cualquier estudiante tiene acceso inmediato a una cantidad de información que hace unas décadas habría sido inimaginable. El verdadero reto será enseñarle a distinguir qué información es confiable, cómo interpretarla, qué hacer con ella y cómo convertirla en conocimiento útil.

La discusión coincide además con el debate que hoy se abre en México sobre el uso de celulares dentro de las escuelas. La presidenta Claudia Sheinbaum se ha pronunciado a favor de restringir el uso de dispositivos durante la jornada escolar y recuperar prácticas tan tradicionales como escribir con papel y lápiz. La propuesta ha encontrado respaldo entre una amplia mayoría de los docentes consultados por la Secretaría de Educación Pública, muchos de los cuales identifican al celular como una fuente de distracción dentro del aula.

A primera vista podría parecer contradictorio. Mientras el mundo avanza hacia una presencia cada vez mayor de la tecnología y la inteligencia artificial, las escuelas mexicanas discuten la posibilidad de guardar el celular y volver al cuaderno.Pero quizá no exista tal contradicción.

Preparar a nuestros hijos para un mundo tecnológico no significa mantenerlos permanentemente frente a una pantalla. Significa enseñarles cuándo la tecnología es una herramienta y cuándo se convierte simplemente en una distracción. Saber utilizar inteligencia artificial será importante, pero también lo será conservar la capacidad de leer con atención, escribir, concentrarse, conversar con otros y resolver un problema sin depender siempre de un dispositivo.

Ahí podría estar el verdadero equilibrio que necesita la educación: ni darle la espalda a la tecnología ni permitir que la tecnología sustituya capacidades que seguimos necesitando desarrollar.

En ese escenario cobran todavía más importancia habilidades como el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación, la capacidad de resolver problemas y de adaptarse. Paradójicamente, mientras las máquinas desarrollan mayores capacidades, muchas de las habilidades que pueden adquirir más valor son precisamente las humanas: el criterio, la empatía, la curiosidad y la capacidad de tomar decisiones.

La llegada de la inteligencia artificial a las escuelas tampoco debería reducirse a decidir si se permite o se prohíbe. La tecnología difícilmente va a desaparecer porque cerremos la puerta del salón de clases. El verdadero desafío será aprender a incorporarla sin permitir que sustituya el proceso de pensar.

Existe una diferencia enorme entre un estudiante que utiliza una herramienta de inteligencia artificial para comprender mejor un tema y otro que simplemente le pide que haga la tarea por él. En el primer caso existe una herramienta que complementa el aprendizaje; en el segundo, existe el riesgo de dejar de desarrollar habilidades que después serán necesarias fuera de la escuela.

Debo decir que esa responsabilidad no corresponde únicamente a los maestros. Padres de familia, instituciones educativas y gobiernos tendremos que aprender al mismo tiempo que los estudiantes. No podemos preparar a una generación para desenvolverse en un mundo nuevo utilizando exclusivamente las reglas con las que nosotros aprendimos.

Los niños y jóvenes que hoy regresan a primaria, secundaria o preparatoria  probablemente ejercerán profesiones que actualmente apenas comienzan a existir y utilizarán herramientas que seguirán evolucionando durante los próximos años. Algunos empleos desaparecerán, otros se transformarán y surgirán muchos que hoy ni siquiera conocemos.

Este regreso a clases puede ser también una oportunidad para ampliar la conversación sobre educación. Además de observar cuánto aprenden nuestros estudiantes, tendremos que comenzar a poner atención en cómo están aprendiendo y qué capacidades estamos ayudándoles a desarrollar.

Recuperar el papel y el lápiz puede ser parte de ese camino. Aprender a utilizar la inteligencia artificial también. Una cosa no necesariamente cancela a la otra.

La tecnología seguirá avanzando, con o sin nosotros. La educación tendrá que avanzar también, ahora educar ya no puede consistir solamente en preparar a nuestros hijos para aprobar el siguiente examen. Tiene que significar darles las herramientas para comprender, cuestionar, crear y desenvolverse en un mundo que, mientras ellos crecen, ya cambió.

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