Hay una frase que resume buena parte de lo que está ocurriendo en la frontera entre México y Estados Unidos: cada vez pasan menos migrantes, pero cada vez la frontera pesa más sobre nuestras ciudades.
La noticia de que el gobierno de Estados Unidos está presionando a México para impedir que más migrantes lleguen hasta la frontera estadounidense debería preocuparnos por algo más que por la discusión migratoria.
Washington está solicitando al gobierno mexicano que incremente los controles para evitar que migrantes lleguen a Estados Unidos. La petición habría sido transmitida por el secretario de Estado Marco Rubio al canciller Roberto Velasco. El movimiento ocurre después de que las detenciones de la Patrulla Fronteriza aumentaran en julio a más de 9 mil 200, aproximadamente el doble que un año antes.
Pero hay una pregunta que en Juárez deberíamos hacernos:
¿Qué sucede con las personas cuando la frontera deja de ser una puerta y se convierte en una pared?
Porque una cosa es reducir los cruces irregulares y otra muy distinta es desaparecer el fenómeno migratorio.
Los migrantes no dejan de existir porque no puedan cruzar. Se quedan.
Y cuando se quedan, necesitan vivienda, alimentación, atención médica, empleo, transporte, seguridad y, eventualmente, oportunidades para integrarse a la comunidad.
Eso transforma a las ciudades fronterizas. Ciudad Juárez lo sabe bien.
Durante los últimos años vimos crecer albergues, campamentos improvisados, organizaciones de asistencia, programas gubernamentales y toda una infraestructura de emergencia alrededor de la migración. Ahora el escenario es diferente: el flujo hacia Estados Unidos se ha reducido drásticamente, pero las políticas de contención pueden provocar que una parte de las personas permanezca más tiempo en territorio mexicano.
Y aquí aparece una contradicción que merece discusión. Estados Unidos quiere una frontera prácticamente impermeable. México quiere evitar una crisis humanitaria en su territorio. Y Juárez queda exactamente en medio.
No es una discusión abstracta. Es nuestra ciudad. Durante años hemos hablado de Juárez como una ciudad fronteriza porque estamos acostumbrados a pensar que la frontera es una línea que divide dos países.
Pero en realidad la frontera es un sistema. Lo que ocurre en El Paso tiene consecuencias en Juárez. Lo que decide Washington tiene consecuencias en Chihuahua. Y lo que sucede en Ciudad Juárez termina impactando a El Paso.
Lo interesante es que esta relación no solamente funciona para la migración. También funciona para el comercio, el empleo, el consumo y la movilidad.
Investigaciones sobre la región han demostrado hasta qué punto las economías de Ciudad Juárez y El Paso están vinculadas: buena parte de los cruces cotidianos corresponde a residentes de la propia región binacional. Es decir, no estamos hablando de dos ciudades que simplemente están una frente a la otra; hablamos de una población que vive, trabaja, compra, estudia y se relaciona atravesando una frontera internacional.
Por eso resulta peligroso acostumbrarnos a pensar que cualquier política estadounidense sobre la frontera es exclusivamente un asunto migratorio.
No lo es.
Cuando Estados Unidos modifica los mecanismos de entrada, cambia también la dinámica económica de la región. Cuando aumenta la vigilancia, modifica los tiempos de cruce. Cuando endurece las políticas migratorias, modifica los flujos humanos. Cuando construye barreras, modifica el territorio. Y cuando presiona a México para detener a las personas antes de que lleguen a Estados Unidos, está trasladando parte del problema hacia el lado mexicano.
Eso merece una conversación mucho más seria. Porque México no puede convertirse simplemente en la sala de espera de Estados Unidos. Tampoco Juárez puede convertirse en una ciudad cuya política migratoria dependa exclusivamente de las decisiones que se toman a cientos o miles de kilómetros de distancia.
Necesitamos una política fronteriza propia. Una que entienda que migración, seguridad, comercio, infraestructura y desarrollo económico están profundamente relacionados.
Y eso implica algo que pocas veces hacemos: planear antes de que llegue la crisis.
Si sabemos que Estados Unidos continuará endureciendo sus políticas migratorias, Chihuahua debería tener escenarios preparados.
¿Cuántas personas podría recibir Juárez?
¿Dónde serían atendidas?
¿Quién financiaría esa atención?
¿Cómo se evitaría que aparezcan asentamientos improvisados?
¿Cómo podrían incorporarse al mercado laboral quienes tengan posibilidad de hacerlo?
¿Cómo se protegería a los niños?
¿Cómo evitaríamos que los grupos criminales conviertan la vulnerabilidad de los migrantes en un negocio?
Y quizá la pregunta más incómoda:
¿Qué hacemos si esta situación deja de ser temporal?
Porque también hay una oportunidad. Juárez tiene una de las concentraciones industriales más importantes de México. Necesita trabajadores. Necesita técnicos. Necesita ingenieros. Necesita talento.
Y mientras algunas empresas buscan desesperadamente personal especializado, hay personas que llegan a la frontera buscando una oportunidad que probablemente ya no encontrarán del otro lado.
No estoy diciendo que la solución sea simplemente incorporar a todos los migrantes al mercado laboral. Estoy diciendo que deberíamos dejar de mirar la migración exclusivamente como un problema que hay que contener. También puede ser un fenómeno que, bien administrado, puede convertirse en una oportunidad de integración económica y social.
Eso requiere reglas, capacitación, documentación, seguridad, vivienda y coordinación institucional. Pero sobre todo requiere dejar de improvisar.
La frontera está cambiando. Durante décadas, Juárez aprendió a sobrevivir a las decisiones de Washington: cambios en las reglas comerciales, crisis migratorias, cierres fronterizos, nuevas políticas de seguridad y modificaciones en los cruces.
Y una vez más estamos frente a una de esas coyunturas. La diferencia es que ahora la discusión ya no es solamente cuánto tarda un tráiler en cruzar o cuántas personas atraviesan el río.
La discusión es qué tipo de ciudad queremos ser cuando la frontera se vuelva todavía más difícil de cruzar. Porque una frontera más cerrada no necesariamente significa una frontera menos importante. Puede significar exactamente lo contrario. Puede significar que tendremos que aprender a administrar mejor todo lo que ocurre de este lado.
Estados Unidos puede decidir quién entra a Estados Unidos. Pero nosotros debemos decidir qué hacemos con nuestra ciudad. Y quizá esa sea la conversación que Juárez necesita comenzar cuanto antes.
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