RAYOS Y CENTELLAS: Por Luis Carlos Carrasco
El profe Martín Chaparro, veterano de Morena y exdirigente estatal del partido, ya encontró dónde seguir dando la pelea después de quedarse fuera de la contienda por la coordinación estatal. Ahora se registró como aspirante a la Defensoría Municipal de la Cuatroté en Chihuahua capital. Porque en política, cuando se cierra una puerta, siempre queda la esperanza de que alguien olvide ponerle llave a la siguiente.
Chaparro dice que quiere jugar con las bases y no con las cuotas de las cúpulas. ¡Qué ocurrencia! Pedir democracia interna en Morena es casi como llegar a una taquería y exigir que los clientes decidan quién se queda con la caja. El profe quiere que los militantes y simpatizantes voten, que se escuche a los fundadores y que los recién llegados a la franquicia no se lleven todas las rebanadas del pastel. Nada más le faltó pedir que las reglas se conozcan antes de empezar el juego.
Y es que los morenistas de la primera hora ya comenzaron a descubrir que haber puesto los ladrillos de la casa no garantiza que les den las llaves. Mientras unos presumen años de lucha, otros parecen haber encontrado la ruta exprés: cambiar de camiseta, aprenderse el discurso de la transformación y esperar turno en la ventanilla de las candidaturas. En Morena, al parecer, la antigüedad cuenta… siempre y cuando no estorbe a los planes de la dirigencia.
Por eso el profe quiere una consulta. Una de verdad, no de esas que se invocan con solemnidad y luego terminan convertidas en un misterio estadístico, con encuestas cuyos resultados parecen tener la curiosa virtud de coincidir con lo que ya habían decidido los de arriba. Porque si algo distingue a la democracia de partido es que todos pueden participar, aunque algunos aparentemente participen más que otros.
El antecedente de Andrea Chávez en Ciudad Juárez tampoco ayuda a calmar los ánimos. Su designación para encabezar la defensa de la Cuatroté encendió las críticas de quienes cuestionan la falta de una convocatoria pública y de una encuesta conocida que permitiera seguir el procedimiento. Y ahora Chaparro quiere saber si en Chihuahua capital habrá competencia abierta o si el nombramiento ya viene cocinado y solo falta encontrar quién ponga la mesa.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿para qué presume Morena que el pueblo manda si, a la hora de repartir posiciones, las bases tienen que conformarse con mirar desde la puerta? Porque una cosa es invocar al pueblo en cada discurso y otra muy distinta darle la oportunidad de contradecir a la dirigencia. Lo primero produce aplausos; lo segundo puede provocar una reunión urgente.
El profe, mientras tanto, quiere hacer valer a los fundadores frente a los llamados arribistas. Y ahí está el detalle: en un partido que nació prometiendo acabar con las viejas prácticas, ahora sus propias tribus se disputan el derecho de decidir quién es auténticamente morenista y quién llegó cuando la mesa ya estaba servida. Todos hablan de principios, todos reclaman méritos y todos aseguran representar al movimiento. Curiosamente, casi siempre hay una candidatura de por medio.
Por ahora, ni siquiera existe una convocatoria formal ni una metodología definida para las defensorías municipales. Es decir, Chaparro ya levantó la mano para competir en un proceso cuyas reglas todavía están por escribirse. Una modalidad muy conveniente de la democracia: primero aparecen los aspirantes y después, si las circunstancias lo permiten, se averigua cómo van a elegirlos.
La verdadera prueba para Morena no será cuánto presume su democracia participativa, sino si se atreve a ponerla en práctica cuando el resultado no esté garantizado de antemano. Porque si al profe le permiten competir solo para cumplir con el trámite, la consulta será una bonita escenografía; y si las bases terminan hablando sin que nadie las escuche, la transformación habrá avanzado mucho, aunque sea en dirección contraria.
Al final, Martín Chaparro quiere que las bases decidan. Falta saber si la dirigencia quiere escuchar. Porque en Morena todos son pueblo hasta que el pueblo empieza a escoger candidatos. Ahí, por lo visto, la democracia ya necesita autorización de la oficina central.
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