Cada junio, millones salen a las calles para celebrar el Orgullo. Pero entre pancartas y glitter, también hay dolor. Detrás de cada beso censurado, de cada “mejor no lo digas”, de cada cuerpo violentado, hay una historia que no debería doler. Esta columna es para quienes resisten, incluso en silencio.
Como la mayoría sabemos, este mes celebramos el Orgullo LGBTQ+, pero más allá de las marchas y los colores, lo que realmente se conmemora es el derecho a existir sin miedo. Ser quién eres, amar a quien amas, vivir sin esconderte…
Tengo el privilegio de compartir la vida con personas que pertenecen a esta comunidad. Amigas, amigos, compañeres que me han enseñado lo que significa resistir con dignidad. He escuchado sus historias de rechazo, de dolor, pero también de amor profundo, de creatividad, de resiliencia.
Y en esas historias hay un patrón que se repite: el nivel de aceptación suele estar marcado por la clase social. En algunos sectores más acomodados, donde se presume una educación más “progresista”, hay cierta tolerancia —a veces superficial— hacia la diversidad. Pero en los barrios, en los hogares con menos recursos, donde lo urgente es sobrevivir y no hay espacio para hablar de identidad o amor, el rechazo suele ser más severo. No por maldad, sino por falta de información, por miedo o por normas que llevan décadas sin cuestionarse.
Esto no quiere decir que las personas de clase alta no discriminen —porque también lo hacen, aunque a veces lo maquillen con corrección política—, sino que la violencia que vive una persona LGBTQ+ de clase baja suele ser más cruda, más cercana, más difícil de escapar. El clóset, para muchxs, no es una elección: es una estrategia de sobrevivencia.
Entre 2014 y 2023, se reportaron al menos 453 crímenes de odio contra personas LGBTQ+ en México, con un repunte significativo en los últimos años. Tan solo en 2024, se han documentado aproximadamente 80 asesinatos, de los cuales más del 68% fueron transfemicidios. A pesar de los avances legales, la realidad sigue siendo alarmante.
Y por eso, las marchas importan. En 2024, más de 260 000 personas salieron a marchar en la Ciudad de México, no solo para celebrar, sino para denunciar. Varios colectivos llevaron un ataúd blanco en memoria de más de 30 trans femicidios cometidos ese año. Las calles se llenaron de nombres, de historias, de exigencias.
Lejos de ser una fiesta vacía, el Orgullo es una trinchera. Y también es un abrazo. Una bandera extendida para que alguien más sepa que no está sola o solo. Es la posibilidad de sanar después de tanto silencio.
Y antes que se acabe el mes escribo desde mi lugar, con la voz que tengo, para decirles que no hace falta ser parte de la comunidad para defenderla, basta con ser humano, con tener corazón, con entender que el amor —en todas sus formas— nunca debería dar miedo y recordarles que la verdadera transformación social empieza en las conversaciones incómodas, en la escucha sincera, en el reconocimiento de nuestros propios prejuicios. Si no nos preguntamos a quién seguimos dejando fuera, entonces no estamos cambiando nada.
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