LA SILLA VACÍA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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En los últimos días, una pregunta dominó la conversación política en Chihuahua: ¿dónde está la gobernadora?

La interrogante surgió luego de que la senadora Andrea Chávez cuestionara públicamente la ausencia de Maru Campos en diversas actividades oficiales y señalara que la mandataria estatal llevaba varios días sin acudir a su despacho. La respuesta llegó poco después. La gobernadora aseguró que para gobernar no es necesario estar sentada en una oficina y que las labores propias de su cargo pueden realizarse desde distintos espacios.

Y, en principio, tiene razón.

Nadie espera que una gobernadora registre asistencia todos los días ni que el ejercicio de gobierno se limite a un escritorio en Palacio de Gobierno. Gobernar implica reuniones, acuerdos, recorridos, gestión y toma de decisiones que muchas veces ocurren lejos de una oficina.

Sin embargo, la discusión nunca fue realmente sobre una oficina. El debate de fondo tiene que ver con algo mucho más importante: la presencia política y el liderazgo en momentos de alta exigencia pública.

La polémica tampoco surgió en un contexto cualquiera, ocurre en semanas en las que Chihuahua ha estado en el centro de diversas controversias y confrontaciones políticas, los señalamientos relacionados con investigaciones federales, las tensiones entre actores políticos locales y nacionales, los cuestionamientos en materia de seguridad y la creciente disputa rumbo a 2027 han colocado al estado bajo una atención constante.

En escenarios como este, la percepción importa. La ciudadanía no necesariamente espera que un gobernante esté físicamente en una oficina, pero sí espera verlo encabezando respuestas, fijando posiciones y transmitiendo certeza cuando las circunstancias lo demandan.

Por eso resulta llamativo que una discusión sobre una agenda de trabajo terminara convirtiéndose en un debate sobre liderazgo, porque más allá de si la gobernadora estaba trabajando o no, lo que quedó instalado en la conversación pública fue la idea de una ausencia.

Recordemos que en política las percepciones suelen tener tanto peso como los hechos.

Hay otro elemento que merece atención; durante varios días, la agenda pública no giró alrededor de obras, programas, resultados de gobierno o estrategias para atender los problemas de Chihuahua. La conversación terminó concentrándose en una pregunta básica: ¿dónde está la gobernadora?

Cuando eso ocurre, existe un problema de comunicación política, los gobiernos necesitan comunicar resultados, pero también necesitan comunicar presencia, necesitan ocupar el espacio público antes de que otros lo ocupen por ellos.

Quien logra definir los temas de conversación suele obtener una ventaja importante en la disputa política. Y en esta ocasión fue la oposición estatal quien colocó el tema, marcó el ritmo del debate y obligó al gobierno a responder. Las declaraciones posteriores de la gobernadora tampoco ayudaron a cerrar la polémica, en lugar de concentrarse en explicar su agenda o reforzar la percepción de cercanía con la ciudadanía, optó por lanzar críticas al gobierno federal, al que calificó como un “gobierno de la muerte”.

Más allá de las diferencias ideológicas, la comparación resulta inevitable.

La presidenta Claudia Sheinbaum gobierna un país de más de 130 millones de habitantes, enfrenta diariamente cuestionamientos de la oposición, críticas mediáticas, retos de seguridad, desafíos económicos y una presión política constante. Sin embargo, hay algo que difícilmente puede cuestionársele: su presencia pública.

Todas las mañanas comparece ante los medios de comunicación. Responde preguntas incómodas, fija posturas, presenta avances, explica decisiones y asume públicamente la defensa de las acciones de su gobierno.

Se puede coincidir o no con sus respuestas, pero resulta difícil sostener que evade el debate público o que se ausenta de la conversación nacional.

Ese contraste es precisamente lo que ha llamado la atención en Chihuahua.

Mientras desde Palacio Nacional se ha construido una estrategia basada en la comunicación permanente y el contacto directo con la ciudadanía, en el ámbito estatal la discusión se ha centrado en la percepción de distancia y ausencia, es ahí cuando la presencia no es un detalle menor.

La presencia genera confianza, transmite liderazgo, permite explicar decisiones antes de que otros las interpreten por nosotros.

La ausencia, en cambio, deja espacio para la especulación, la incertidumbre y el avance de las narrativas adversarias.

Por eso, la silla vacía de la que tanto se habló estos días no necesariamente es la de una oficina en Palacio de Gobierno, es la silla que aparece cuando un gobierno pierde momentáneamente el control de la conversación pública y permite que sean otros quienes definan el tema del día.

Gobernar no consiste únicamente en tomar decisiones, también implica dar la cara. Y  en tiempos de incertidumbre, pocas cosas pesan más que la capacidad de una persona gobernante para estar presente, explicar, responder y acompañar a la ciudadanía.

Al final, la verdadera pregunta no es dónde estaba la gobernadora.

La verdadera pregunta es quién estuvo ocupando el espacio público mientras ella no lo hacía. Porque a veces las campañas no comienzan con un acto multitudinario ni con una candidatura oficial, a veces comienzan cuando una figura política logra ocupar el espacio que otro dejó vacío.

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