Durante meses escuchamos todo tipo de pronósticos sobre el Mundial, que México sería un desastre, que el país no estaba preparado, que el mundo vería únicamente violencia, caos, mala organización y problemas. Hubo incluso quienes parecían esperar que algo saliera mal para poder decir: “se los dijimos”. Sin embargo, mientras el balón comenzó a rodar: la realidad fue mucho más amplia que los discursos.
Si, México tiene problemas negarlo sería absurdo tenemos pendientes en seguridad, movilidad, infraestructura, servicios y organización, hay cosas que deben señalarse y corregirse, pero también sería injusto contar sólo una parte de la historia.
Mientras algunos apostaban al fracaso, miles de visitantes llegaron a nuestras ciudades y encontraron algo distinto: plazas llenas, calles con música, restaurantes vivos, familias recibiendo turistas, aficionados de otros países cantando, bailando, probando comida mexicana y dejándose sorprender por una cultura que no necesita demasiadas explicaciones para sentirse.
El Mundial no sólo puso los ojos del mundo sobre México; también nos dio la oportunidad de volver a mirar nuestro país desde una perspectiva distinta.
En la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey se mezclan idiomas, camisetas, banderas y acentos, hay extranjeros tomándose fotos con mariachis, aprendiendo a decir “gracias” y “órale”, probando tacos, comprando artesanías y caminando con una sonrisa por lugares que para nosotros forman parte de la rutina, pero que para ellos son un descubrimiento.
Es ahí donde está una de las lecciones más importantes de este momento: a veces necesitamos ver nuestro país a través de los ojos de quienes vienen de fuera para recordar lo valioso que es. Desde adentro, nos hemos acostumbrado demasiado a la crítica y la crítica es necesaria, por supuesto ningún país mejora desde la complacencia pero una cosa es señalar lo que falta y otra muy distinta es desear que al país le vaya mal sólo para tener razón política.
Hacer oposición nunca debería significar apostar por el fracaso de México, así como gobernar tampoco debería implicar negar los problemas que todavía existen ambas posturas son pobres, un país se construye reconociendo sus pendientes, pero también celebrando lo que sí funciona.
México no necesita ser perfecto para enamorar al mundo, somos auténticos, con una calidez humana y acogedora digna de admirar. Quienes nos visitan no se llevan únicamente la imagen de un estadio lleno, se llevan la memoria de la señora que les recomendó dónde comer, del taxista que les platicó de la ciudad, del vendedor que les explicó una tradición, del mariachi que escucharon en una plaza, de los tacos que probaron a medianoche y de la calidez con la que fueron recibidos.
Eso también es México; México no es solamente sus problemas, aunque los tenga, también es su gente, su historia, su comida, su música, su capacidad de convertir cualquier encuentro en una fiesta, es esa forma tan nuestra de hacer sentir en casa incluso a quien acaba de llegar.
Por eso resulta tan poderoso ver a extranjeros abrazar nuestra bandera, cantar “Cielito Lindo” o ponerse una camiseta verde, no lo hacen por obligación, lo hacen porque algo de este país los tocó. Porque México tiene alma, y esa alma se nota.
Justo en estos tiempos donde todo parece dividirnos entre partidos, colores e ideologías, el Mundial nos está recordando que todavía existen símbolos capaces de reunirnos. La bandera, el himno, la camiseta, la alegría colectiva y el orgullo de ser anfitriones del mundo no le pertenecen a ningún gobierno ni a ninguna fuerza política, le pertenecen a la gente y quizá por eso incomoda tanto a quienes habían construido su discurso sobre el desastre porque México, con todo y sus fallas, también sabe levantarse, organizarse, recibir, celebrar y sorprender.
Eso no borra los pendientes no cancela las críticas ni significa que todo esté resuelto, pero sí demuestra que este país es mucho más grande que sus peores diagnósticos. El Mundial pasará, los marcadores quedarán en la historia deportiva algunos recordarán goles, errores, victorias o derrotas, pero para miles de visitantes, México quedará asociado a una experiencia: la de un país que los recibió con alegría.
Ojalá algún día entendamos que hay momentos en los que vale más celebrar a México que tratar de ganar una discusión política. Que no todo debe convertirse en pleito partidista, reconocer algo bueno del país no significa renunciar a la crítica, sino ejercerla con más honestidad porque los gobiernos cambian, los partidos van y vienen, las coyunturas pasan, pero cuando el mundo pone los ojos sobre México, lo que realmente queda en la memoria no son nuestros pleitos internos, sino nuestra gente.
Hoy cuando México salte a la cancha, millones estaremos pendientes del marcador, pero mientras los ojos del mundo siguen el partido, fuera del estadio ya hay otra victoria en marcha: la de un país que ha sabido abrir sus puertas, conquistar con su gente y demostrar que es mucho más grande que los pronósticos pesimistas.
Porque los partidos terminan, los mundiales también. Pero la imagen que un país deja en quienes lo visitan permanece mucho más tiempo. Y este Mundial está demostrando que México puede ser noticia no por los malos pronósticos de algunos, sino por la calidez, la alegría y el orgullo de un pueblo que, una vez más, hizo sentir al mundo como en casa.
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