Mientras México celebraba el 2-0 sobre Ecuador y las calles se teñían de verde, en Washington se tomaba una decisión que le va a importar mucho más a Juárez que cualquier resultado mundialista: Estados Unidos decidió no renovar la extensión automática del T-MEC. A partir de hoy, el tratado que sostiene la columna vertebral de la economía de esta ciudad entra en un régimen de revisión anual que se extenderá hasta 2036. Diez años de incertidumbre administrada. Diez años de negociaciones que se repetirán cada doce meses. Y Juárez, la ciudad más exportadora del país, sentada exactamente en la línea donde eso se va a sentir primero.
El secretario de Economía Marcelo Ebrard salió a calmar los ánimos con su ya característico tono pausado. “No tenemos prisa”, dijo. Y en sentido técnico tiene razón: el tratado sigue vigente, ningún país lo canceló, nadie dio el aviso de seis meses que requeriría una salida formal, y el próximo encuentro bilateral con la delegación de Jamieson Greer está agendado para el 20 de julio en la Ciudad de México. Todo bajo control, al menos sobre el papel. El problema es que la economía de Juárez no funciona sobre el papel. Funciona sobre líneas de producción, contratos de largo plazo y decisiones de inversión que las empresas transnacionales toman con horizontes de cinco, diez, quince años. Y ninguna empresa toma esas decisiones con calma cuando el marco que regula su acceso al mercado más grande del mundo va a estar en revisión permanente.
La queja central de Washington es conocida y la expuso Greer sin eufemismos en la primera reunión de esta revisión sexenal: Estados Unidos siente que ha perdido empleo manufacturero. Esa frase, dicha desde Washington, tiene una traducción muy concreta para el suroriente de Juárez: los trabajos que aquí existen son exactamente los que allá extrañan. La maquila juarense, que en su pico llegó a emplear a más de 326 mil personas, existe en buena medida porque el T-MEC hizo rentable producir en México para vender en el norte. Si ese acuerdo se debilita, se complica o se usa como palanca de presión año tras año, las empresas no esperan a que los diplomáticos resuelvan. Simplemente reubican. Lo vimos ya: entre 2023 y finales de 2025, la industria manufacturera local perdió cerca de 67 mil empleos formales. Eso ocurrió sin que el tratado estuviera formalmente en riesgo. Imaginar lo que puede pasar con una revisión anual que politiza cada capítulo del acuerdo no requiere demasiado esfuerzo.
México llegó a esta reunión con 13 temas propios sobre la mesa y una propuesta interesante: acción comercial coordinada entre los tres socios para reducir la dependencia de productos asiáticos, especialmente en semiconductores —donde la región importa el 90 por ciento de lo que consume— y en farmacéuticos básicos. Es una propuesta que tiene lógica y que, si prospera, podría incluso beneficiar a Juárez como plataforma manufacturera. Pero prosperar requiere acuerdos, y los acuerdos requieren confianza, y la confianza es exactamente lo que se erosiona cuando el principal socio comercial decide que prefiere revisar el trato cada año en lugar de comprometerse con un horizonte de largo plazo.
Lo que más inquieta no es el contenido de la negociación sino su nueva mecánica. Una revisión cada seis años, como estaba diseñada, le daba a las empresas instaladas en los parques industriales de Juárez un piso mínimo de estabilidad para planificar. Una revisión anual convierte ese piso en arena. Cada diciembre habrá que preguntarse si el siguiente año el acuerdo sigue igual, si hay nuevos aranceles sectoriales, si el capítulo de reglas de origen se modifica, si las preferencias que hacen competitiva a la manufactura fronteriza siguen vigentes. Esa incertidumbre tiene un costo que no aparece en ningún boletín oficial pero que se traduce en contratos que no se firman, inversiones que se posponen y plantas que evalúan si Juárez sigue siendo la mejor apuesta.
El gobierno federal puede darse el lujo de decir que no tiene prisa. Juárez no puede. Esta ciudad construyó su modelo económico sobre la estabilidad que ofrece un tratado comercial predecible, y hoy ese modelo enfrenta diez años de revisiones que nadie sabe cómo van a terminar. La reunión del 20 de julio con la delegación estadounidense será el primer termómetro real de hasta dónde están dispuestos a ceder unos y a resistir otros. Mientras tanto, en las líneas de producción del poniente y el oriente de la ciudad, la gente sigue trabajando. Sin prisa. Pero sin red de protección tampoco.
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