CHOCAR Y HUIR: LA CIUDAD QUE NO SE HACE RESPONSABLE

DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly

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En alguna calle de Juárez, mientras usted lee esto, alguien está chocando. No es exageración ni recurso literario: las estadísticas oficiales de este año indican que en esta ciudad se registran en promedio 527 accidentes viales cada mes. Dieciséis por día. Uno cada hora y media, aproximadamente, entre madrugadas con el Periférico vacío y tardes con el Eje Vial Juan Gabriel colapsado. Lo que quizás no sabe, porque el dato se menciona menos, es que uno de cada cinco de esos conductores involucrados en un choque decide que lo mejor que puede hacer es acelerar y desaparecer.

El año pasado, de los seis mil 147 choques registrados en Juárez, mil 110 fueron con fuga. El 18 por ciento. Y en lo que va de 2026 la tendencia no cede: ya suman tres mil 260 hechos viales con 34 personas fallecidas, 915 lesionados y una cifra de fugas que las autoridades reconocen como una constante que se repite mes a mes con una regularidad que ya no sorprende a nadie. Ahí está el verdadero problema: que ya no sorprende. Que la fuga se ha normalizado como respuesta, como si escapar de las consecuencias de un error fuera una opción válida cuando hay una persona tirada en el asfalto del otro lado.

No todo conductor que huye es un criminal de película. Muchos huyen por miedo, por pánico, por no tener seguro, por estar en situación migratoria irregular, por saber que la respuesta institucional en estas ciudades suele ser lenta e impredecible. Esas razones existen y merecen entenderse. Pero entenderlas no equivale a justificarlas, porque al final de cada fuga hay alguien que quedó solo en la escena, tal vez herido, tal vez esperando ayuda que tardó más de lo que debía porque el otro conductor ya iba en la carretera a Casas Grandes. El miedo de quien choca no puede pesar más que la vida de quien quedó atrás. Eso no es cultura vial. Eso es una falla de humanidad básica.

Y como si la accidentalidad propia no fuera suficiente problema, desde ayer la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros emitió una alerta formal: los montachoques llegaron a Chihuahua. Se trata de bandas organizadas que simulan accidentes, fuerzan colisiones o fingen atropellos para extorsionar a conductores en el momento de la confusión y el pánico. En ciudades como la capital del estado ya hay reportes documentados desde el año pasado. Su modo de operar en el interior del país es distinto al de la Ciudad de México: aquí aprovechan tramos con reparaciones viales, casetas y zonas de poca visibilidad para acorralar a su víctima. Una ciudad con más de un millón de vehículos registrados, con avenidas que combinan tráfico pesado y señalización deficiente, es exactamente el tipo de entorno donde este delito encuentra condiciones ideales para prosperar.

El parque vehicular de Juárez es, de hecho, uno de los más altos del país en proporción a su población. Somos una ciudad de autos porque la infraestructura de transporte público nunca fue suficiente para no serlo. Eso significa más conductores, más horas al volante, más estrés acumulado por el tráfico y más probabilidad estadística de que algo salga mal. Y sin embargo, la educación vial en Juárez sigue siendo algo que ocurre una vez, cuando alguien tramita su licencia, y después no vuelve a ocurrir nunca. No hay campañas sostenidas de largo plazo. No hay consecuencias reales y rápidas para quien se da a la fuga. No hay cultura del testigo que se queda, que llama al 911, que acompaña a quien quedó lastimado hasta que llega la ayuda.

Hay cosas que esta ciudad puede hacer sin esperar a que cambie todo lo demás. Primero: endurecer de verdad las sanciones por fuga y publicitar los casos resueltos, porque la impunidad percibida es lo que sostiene la conducta.

Segundo: instalar cámaras en los cruces de mayor incidencia, que ya están identificados por la propia Coordinación de Seguridad Vial, y si ya hay: úsenlas para resolver fugas.

Tercero: arrancar un programa permanente de educación vial en secundarias y preparatorias, donde se forme a los conductores del futuro antes de que lleguen al volante con los hábitos del peor ejemplo.

Y cuarto, lo más sencillo y lo más difícil al mismo tiempo: decidir como ciudad que quedarse cuando se choca no es una opción heroica. Es simplemente lo mínimo que se le debe al otro, humanamente hablando.

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