EL IMSS: UNA CRISIS QUE TAMBIÉN ENFERMA A JUÁREZ

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Animación tomada de la web

De tú a tú Por César Calandrelly

En Ciudad Juárez, enfermarse puede convertirse en el comienzo de una segunda preocupación: conseguir una cita, encontrar el medicamento, esperar una cirugía o descubrir que en el hospital no hay algún material indispensable. Ahora, a esa realidad se suma la inconformidad de quienes trabajan dentro del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Las protestas de médicos, enfermeras y otros trabajadores del IMSS no deberían verse únicamente como un conflicto laboral. Son una señal de alerta sobre un sistema del que dependen cientos de miles de familias fronterizas.

Los reclamos son concretos: mejores salarios, condiciones laborales dignas, medicamentos, material de curación, personal suficiente y un retiro que permita vivir con seguridad después de años de servicio. En las movilizaciones de octubre, trabajadores de distintas unidades de Ciudad Juárez llevaron sus exigencias a las calles y bloquearon vialidades cercanas a hospitales para hacer visible una problemática que, aseguran, no comenzó ayer.

El problema no es solamente cuánto gana quien nos atiende, sino con qué herramientas puede hacerlo.

Un médico puede tener la preparación y la voluntad de salvar una vida, pero necesita equipo, medicamentos y personal de apoyo. Una enfermera puede multiplicar esfuerzos durante su turno, pero no puede sustituir indefinidamente las plazas que hacen falta. Y un hospital puede tener profesionales extraordinarios y, aun así, ofrecer una atención limitada si carece de recursos indispensables.

El resultado lo conocemos en las salas de espera: pacientes que aguardan durante meses por una consulta especializada, cirugías postergadas y familias que terminan buscando fuera del instituto medicamentos o materiales que deberían recibir mediante su atención médica. En abril de 2025, trabajadores del Hospital General Regional 66 denunciaron que debían comprar incluso insumos básicos para atender a sus pacientes. El problema, por tanto, no apareció con las manifestaciones de este mes.

Durante los últimos 40 años, el IMSS ha arrastrado carencias de infraestructura, capacidad hospitalaria, personal y abastecimiento. Nunca ha sido una institución en condiciones óptimas en todos sus servicios. Sin embargo, la percepción de trabajadores y derechohabientes es que durante los últimos ocho años las condiciones laborales y las dificultades para recibir atención se han agravado.

Esta afirmación merece algo más que discursos: exige datos públicos, comparables y verificables sobre plazas vacantes, tiempos de espera, recetas no surtidas, cirugías pendientes, inversión hospitalaria y evolución de las prestaciones laborales.

Por eso, reducir esta protesta a una discusión sobre porcentajes salariales sería un error. Los trabajadores inconformes cuestionan el aumento directo al tabulador de 2.9 por ciento, mientras el IMSS sostiene que el incremento global acordado es de 6.8 por ciento al sumar las prestaciones. La diferencia debe discutirse con transparencia, sin ocultar que también están en juego el régimen de jubilaciones, las condiciones de trabajo y el abasto médico.

Ni los trabajadores deben ser obligados a laborar sin lo necesario, ni los pacientes deben pagar las consecuencias de una disputa que no provocaron.

La salida requiere negociación laboral, suministro oportuno de medicamentos e insumos, contratación de personal, mantenimiento de instalaciones y un calendario público de compromisos verificables. También exige que las autoridades escuchen a quienes conocen las carencias desde los consultorios, los quirófanos, las áreas de enfermería y los almacenes.

El IMSS es una conquista de la seguridad social mexicana. No puede sostenerse únicamente con la vocación de sus trabajadores ni con la paciencia de sus pacientes.

La salud pública no debería depender de cuánto aguanta una enfermera, cuánto puede comprar una familia de su bolsillo o cuántas horas más está dispuesta a esperar una persona enferma.

Si las protestas sirven para algo, que sea para convertir el descontento en soluciones medibles. Porque cuando un hospital no tiene lo necesario para atender, no solamente se deteriora una institución: se resiente toda la comunidad.

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