DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly
Cuando la lucha por el poder termina convirtiéndose en una lucha entre los propios, la ciudadanía deja de ser el centro de la historia.
Hay temporadas en las que la política parece escrita por los guionistas de “House of Cards” o “Game of Thrones”. Las alianzas duran lo que dura la conveniencia, hay intrigas, traiciones silenciosas, ambiciones desmedidas y personajes que preferirían ver caer a los de su propia casa antes que ceder un centímetro de poder.
Lo preocupante no es que existan diferencias. En política, la competencia es natural y las distintas corrientes tienen derecho a disputar espacios. El problema aparece cuando la energía que debería utilizarse para construir proyectos termina consumida en disputas por el control, las candidaturas y la permanencia en el poder.
En una de las principales fuerzas políticas de la entidad, la definición de quién encabezaría el proyecto estatal dejó al descubierto una competencia entre dos figuras con bases de apoyo propias. Formalmente, hay una ruta para mantener la unidad; políticamente, queda por ver cómo convivirán los grupos que respaldaron proyectos diferentes.
En la otra corriente. Las traiciones entre antiguos aliados, las distintas visiones sobre el rumbo del partido y la discusión sobre quién debe representar su futuro han exhibido terriblemente los desacuerdos. Los acontecimientos recientes alrededor de un exfuncionario de alto nivel han profundizado esa discusión.
Dos escenarios distintos, una pregunta común: ¿en qué momento la disputa interna comienza a pesar más que el propósito de gobernar?
Porque una cosa es competir por el liderazgo y otra muy diferente es convertir cada diferencia en una batalla que deja heridas difíciles de cerrar. La unidad, esa palabra que tanto se repite en los discursos, se ha vuelto frágil como el cristal.
La serie juego de tronos nos enseñó que conquistar el trono no garantiza conservar el reino. Y House of Cards, que el poder puede convertirse en un fin capaz de destrozar cualquier principio. La ficción exagera, por supuesto, pero ofrece una metáfora útil para entender lo que ocurre cuando las organizaciones políticas pierden de vista para qué existen.
El poder, por sí mismo, no es un proyecto. Es una herramienta.
Y cuando se convierte en el objetivo principal, las propuestas pasan a segundo plano, los acuerdos se vuelven sospechosos y los compañeros terminan tratados como obstáculos. En ese escenario, la unidad deja de ser una convicción y se convierte en una fotografía tomada para demostrar que todo marcha bien.
Pero la unidad no se decreta. Se construye con reglas claras, espacios de participación, respeto a las diferencias y la capacidad de aceptar que nadie puede apropiarse de una organización completa.
Aquí aparece una frase antigua, breve y contundente: «Divide y vencerás».
No hace falta que un adversario provoque todas las fracturas. A veces, las propias ambiciones hacen el trabajo. Basta con que cada grupo considere indispensable imponerse sobre los demás para que la organización termine debilitándose desde dentro.
Y mientras las dirigencias miden fuerzas, los ciudadanos siguen esperando respuestas sobre seguridad, servicios públicos, empleo, movilidad y calidad de vida. La gente no necesita conocer cada negociación privada para sentir sus consecuencias: las percibe cuando los discursos sustituyen a las soluciones y las disputas ocupan más espacio que los resultados.
Ciudad Juárez merece una política capaz de competir sin destruirse, porque las candidaturas pasan, los liderazgos cambian, las alianzas se transforman y lo que permanece es la ciudad y la responsabilidad de quienes aspiran a dirigirla.
Tal vez el verdadero problema no sea que existan demasiadas personas queriendo llegar al poder. Tal vez sea que, en medio de esa carrera, algunos olviden explicar para qué quieren llegar.
O simplemente los ciudadanos deben tomar el control del ejercicio público de la política, porque tal vez, y solo tal vez, los políticos ya no saben como ejercerla ante su emborrachamiento del poder.
Porque cuando la política se convierte en una lucha interminable por el trono, la pregunta que debería inquietarnos no es quién terminará sentado en él.
La pregunta es: ¿cuánto habrá perdido la ciudad mientras todos peleaban por ocuparlo?
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