NIÑAS Y NIÑOS EN LA ERA DE LA SOLEDAD ACOMPAÑADA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Hoy es común ver escenas que ya no nos sorprenden, niñas y niños comiendo frente a una pantalla, nada de conversaciones entre la familia. Hogares donde todos están, nadie realmente se mira.

No es ausencia física. Es otra cosa más difícil de nombrar: presencia sin vínculo.

Vale la pena hacer una pregunta incómoda, no desde lo moral, sino desde lo social y político: ¿en qué condiciones estamos criando a las infancias en este país y en este modelo de vida?

No se trata solo de familias “distraídas”. El entorno empuja hacia la desconexión.

Jornadas laborales largas. Traslados interminables. Precariedad del tiempo. Una cultura que normaliza el cansancio como forma de vida. En ese contexto, el cuidado deja de ser un derecho compartido y se vuelve una carga privada, que cada quien resuelve como puede.

Cuando el tiempo no alcanza, entra lo más fácil: la pantalla.

No como enemigo, sino como síntoma.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido sobre el aumento de problemas de salud mental en niñas, niños y adolescentes, particularmente ansiedad y depresión. No es un fenómeno aislado: es parte de una generación que crece hiperconectada, aunque emocionalmente muchas veces desconectada de su entorno inmediato.

Al mismo tiempo, la Academia Americana de Pediatría ha señalado el incremento sostenido en el tiempo de exposición a dispositivos digitales en menores, superando con frecuencia lo recomendado.

El dato más importante no es solo cuánto usan una pantalla. Es qué deja de pasar mientras la usan: conversación, escucha, conflicto, juego, presencia.

Esa realidad no es responsabilidad individual únicamente. Es una falla de entorno.

Cuando el sistema exige producir más y descansar menos, el tiempo de crianza se vuelve lo primero que se negocia… y lo último que se protege.

También hay que decirlo desde lo social: la carga del cuidado sigue siendo desigual. A pesar de los discursos de igualdad, la crianza recae mayoritariamente en las mujeres, que además enfrentamos exigencias laborales, económicas y emocionales cada vez más altas. Una especie de doble o triple jornada que rara vez se discute en serio desde la política pública.

En ese vacío, las infancias aprenden a adaptarse como pueden.

Aprenden a estar solitos  sin estar solos y solas, entretenerse sin ser acompañados y a no interrumpir a los adultos que “están ocupados”.

Esa adaptación tiene costo.

Una infancia que deja de buscar atención, deja también de exigirla.

No se trata de culpar a madres o padres. Se trata de entender que esto no se resuelve con discursos de buena crianza, sino con condiciones reales de vida: tiempo, comunidad, corresponsabilidad y políticas que vuelvan posible el cuidado.

Hoy se habla mucho de bienestar, aunque poco del tiempo que lo hace posible.

Ahí está el punto central: no estamos frente a infancias abandonadas, sino frente a infancias que se están acostumbrando a una nueva forma de soledad normalizada.

Una soledad silenciosa, cotidiana, casi invisible.Por eso este no es solo un tema familiar, es un tema social.

Lo que está en juego no es solo cómo crecen nuestras infancias, sino qué tipo de sociedad estamos normalizando; Una donde estar presentes se vuelve un privilegio.

O una donde volvemos a poner el cuidado en el centro.

La infancia no necesita más estímulos, necesitan presencia real.
Que este día del niño y la niña sea, sobre todo, una oportunidad para devolverles el derecho a nuestro tiempo y nuestra presencia. ¡Feliz día!

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