EL CIUDADANO COMO ESTRATEGIA ELECTORAL

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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Hay algo curioso en la política mexicana: el ciudadano siempre ha estado ahí… pero no siempre ha sido visto.

Durante años, los partidos construyeron candidaturas desde adentro, entre acuerdos, lealtades y estructuras que poco tenían que ver con la vida cotidiana de la gente. Y, de pronto, en momentos clave —casi siempre rumbo a una elección— el ciudadano aparece como protagonista.

No porque haya llegado, sino porque por fin lo voltearon a ver.

Recientemente, el Partido Acción Nacional (PAN) anunció la apertura de sus candidaturas a ciudadanos sin militancia. En el discurso, la propuesta suena prometedora: abrir la puerta, escuchar nuevas voces, permitir que perfiles externos participen en la vida política del país.

Pero en política, abrir la puerta no siempre significa dejar pasar.

A veces, solo significa asomarse.

Y en el caso del PAN, también podría interpretarse como algo más: un intento urgente por reconectar con una ciudadanía que hace tiempo dejó de sentirse representada.

Porque no es la primera vez.

En la elección presidencial pasada, el partido apostó por una figura externa como candidata. La narrativa era prácticamente la misma: apertura, inclusión, cercanía con la sociedad. Sin embargo, en los hechos, lo que se evidenció fue otra cosa: divisiones internas, grupos que nunca terminaron de respaldar el proyecto y una falta de cohesión que debilitó desde dentro la propia candidatura.

Se abrió la puerta… pero desde adentro no todos estaban dispuestos a sostenerla.

Por eso hoy la pregunta no es menor: ¿qué ha cambiado realmente?

Cuando un partido insiste en la “ciudadanización” de sus candidaturas, pero no resuelve sus tensiones internas ni redefine la forma en la que toma decisiones, el riesgo es repetir la misma historia… con distinto discurso.

Y entonces, más que una estrategia de apertura parece un grito de auxilio,un intento por recuperar simpatía, por atraer perfiles frescos, por reconstruir una narrativa que conecte con una ciudadanía cansada, crítica y cada vez menos dispuesta a creer en fórmulas recicladas. Pero sin una transformación de fondo, todo eso corre el riesgo de quedarse en la superficie.

Las candidaturas ciudadanas pueden ser una oportunidad real. Nadie duda de que abrir espacios a perfiles externos puede enriquecer la vida pública. El problema no es la idea. El problema es la intención… y, sobre todo, la ejecución.

No se trata solo de quién aparece en la boleta, se trata de quién tiene realmente el respaldo, la estructura y la libertad para construir un proyecto.

En los últimos años, además, hemos visto cómo el discurso de apertura convive con decisiones que tienden a concentrar el poder o a redefinir las reglas del juego desde arriba. Reformas, ajustes, movimientos que, aunque se justifican en nombre de la renovación, también han encendido alertas sobre los equilibrios institucionales.

Ahí está la contradicción.

Se habla de abrir espacios al ciudadano, pero no siempre se fortalecen los mecanismos que garantizan que esa participación tenga peso real. Se invita a participar, pero no necesariamente a decidir.

El Partido acción Nacional debe entender que el ciudadano no es un recurso narrativo ni un salvavidas electoral, es el centro de la vida pública.

Y si este y los demás partidos realmente quieren reencontrarse con la gente, tendrán que ir más allá de las convocatorias y los anuncios. Tendrán que demostrar, con hechos, que están dispuestos no solo a abrir la puerta… sino a sostenerla, a compartir el espacio y, sobre todo, a soltar el control, eso es la parte difícil de la generosa convocatoria.

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