EL ARTE QUE INCOMODA…Y EL PODER QUE REACCIONA

ESENCIA Y VOZ Por Karina Villegas

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El arte tiene muchas formas, algunas decoran, otras emocionan. Y hay unas que incomodan.

Este fin de semana, en Ciudad Juárez, vimos una de esas.

Un artista urbano decidió plasmar en una barda la imagen del alcalde de la Ciudad. No era un retrato amable; era una caricatura crítica, provocadora, incluso incómoda, de esas que no buscan gustar, sino decir algo.

Y lo dijeron…Pero lo que vino después dijo aún más.

La intervención de la autoridad, la detención de varias personas y la rápida desaparición del mural abrieron una conversación que va más allá de si estaba bien o mal pintar una pared sin permiso. Porque sí, hay reglas, y sí, el orden importa.

Pero también importa cómo se reacciona cuando lo que aparece en esa pared no es cualquier dibujo, sino una crítica directa al poder.

Ahí es donde el tema cambia, porque el arte urbano, desde hace décadas, ha sido una forma de expresión incómoda. No se pide permiso para cuestionar. No se suaviza para agradar. No se cuida de no ofender. Su función, muchas veces, es justo la contraria: provocar, señalar, sacudir.

Y eso claramente tiene un costo.

El punto no es justificar cualquier forma de expresión. Tampoco idealizar el desorden. Pero sí vale la pena detenernos en algo más profundo: la reacción.

¿Qué tan tolerante puede ser el poder frente a la crítica?

¿Y qué pasa cuando esa crítica no llega en forma de discurso, sino en forma de imagen, de burla, de irreverencia?

No es lo mismo una opinión que pasa desapercibida… que una que se planta en la calle y obliga a todos a verla.

En ese momento, deja de ser solo arte se convierte en un mensaje público y los mensajes públicos, cuando incomodan, siempre ponen a prueba a quien está del otro lado.

Lo ocurrido este fin de semana refleja justamente eso: una tensión natural, pero también reveladora. La delgada línea entre hacer valer la ley y parecer intolerante ante la crítica.

Es que el poder no se mide solo en la capacidad de ordenar y gobernar, sino en la capacidad de resistir lo incómodo, de permitir que existan voces que no coinciden o entender que no toda crítica será respetuosa y aceptar que la calle, como espacio público, también es un lugar donde se expresa el apoyo o descontento.

Pero cuando la reacción es más fuerte que el mensaje, inevitablemente la conversación cambia; ya no se habla del mural. Se habla de lo que provocó.

Tal vez el dibujo no fue el mejor. Tal vez fue excesivo, tal vez cruzó una línea para algunos, pero lo que quedó después no fue la imagen… fue la reacción y sobre todo la sensación.

Al final, el arte incómodo no se borra del todo.

Cambia de forma, pasa de la pared a la conversación, de la imagen a la percepción, y deja preguntas que siguen ahí, incluso cuando el mural ya no está.

Porque más allá de una barda, lo que permanece es la duda sobre qué tan preparado está el poder para convivir con lo que no le gusta ver…

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