Esta ciudad tiene un sonido que no queremos oír. Es el lamento de un infante en la casa contigua, son los golpes sórdidos propinados detrás de una pared, los gritos aturdidores y el silencio que llega después. Este sonido es el más viejo de Juárez y, paradójicamente, el más ignorado.
En 2025, el estado de Chihuahua registró alrededor de 10 mil 830 denuncias por delitos contra menores, entre las que destaca el maltrato infantil. En lo que va de 2026, ya suman más de mil 714 nuevas denuncias —al menos una tercera parte por violencia directa y omisión de cuidados—. Detrás de cada número hay un nombre, una edad y una historia que comenzó mal y que nadie interrumpió a tiempo.
César lamentablemente tenía 11 meses cuando murió en la colonia Zaragoza el 13 de septiembre de 2025. Lo golpeó su padre. Eitan Daniel fue sepultado semanas después, con cámaras de noticieros televisando en vivo el féretro de un niño que no llegó a conocer lo que era sentirse seguro dentro de su propio hogar. Quisiera decir que son casos aislados: pero en seis meses ya van registrados al menos cuatro casos de violencia extrema que han dejado tres menores fallecidos y uno peleando entre la vida y la muerte. Todos estos casos, dentro del hogar, ese lugar que algunos llaman lugar seguro.
La Secretaría de Seguridad Pública Municipal detuvo en 2025 a 72 personas por omisión de cuidados, a 57 por violencia familiar y a 38 por maltrato directo a menores. Son cifras vergonzosas, pero han pasado inadvertidas. Juárez normalizó el dolor ajeno, particularmente el dolor que se les produce a quienes no tienen voz por ser pequeños.
¿Quiere algo igual de doloroso? Los casos en su mayoría no se denuncian. Por temor a represalias, vergüenza familiar y esa desconfianza que producen nuestras instituciones, que estan sobrepasadas de carpetas e investigaciones que no ven el final. Estas estadísticas son apenas la punta del iceberg de una herida mucho más profunda en nuestra ciudad.
Y esto ocurre por diferentes matices, el más incomodo es que nuestra ciudad esta edificada para producir, no para criar. Nuestro modelo económico, que es la maquiladora, nos dio empleo y crecimiento, pero nos quitó tiempo y vida. Madres y padres por igual, trabajan turnos dobles para subsistir, sin red de apoyo regresan agotados a su casa, donde el golpe era la norma. Si, la violencia también se hereda y se reproduce entre generaciones silenciosamente, en esas colonias en donde el Estado no llega, y si lo hace, lo hace tarde.
Sumémosle las adicciones. Diversos estudios indican que el consumo de drogas es una constante en los hogares donde se maltratan niños. En general, somos una ciudad con altas presiones económicas y sociales y el ser una ciudad fronteriza nos convierte en fértil terreno para que los adultos descarguen sus pesares sobre quienes defenderse no pueden.
La secretaría de Seguridad Pública afirmó que “detrás de cada carpeta existe una familia y una vida que requiere resguardo.” Tienen razón. Pero el resguardo no puede depender únicamente de la intervención policial posterior al daño. Para cuando se abre una carpeta de investigación, el niño ya fue lastimado. La apuesta debe ser antes, no después.
Debemos estar conscientes que tenemos una crisis estructural que demanda a gritos políticas públicas desarrolladas para los más pequeños. No son suficientes los programas paliativos ni las campañas huecas. Hay que implementar políticas sostenidas, financiadas y evaluadas. Que nuestros centros comunitarios en verdad funcionen. Implementar atención psicológica accesible, que tengamos un sistema de alerta temprana en clínicas y escuelas. El Estado debe llegar antes que cualquier tragedia.
Aún así, no solo el trabajo del Estado bastaría. Como sociedad tenemos esta deuda pendiente con nuestros niños. Si escuchamos golpes, no volteemos hacia el otro lado. Si somos docentes y vemos marcas, preguntemos, denunciemos y no protejamos a nuestros familiares agresores. Cuando elegimos no ver, nos convertimos en cómplices.
La denuncia existe: el 656-864-0896 de la Fiscalía del Estado, el 089 línea anónima. Una llamada puede salvar una infancia. No te voltees. No podemos seguir construyendo el futuro con el sufrimiento callado de nuestros niños.
El llanto sigue ahí, del otro lado de la pared. La pregunta es si esta vez vamos a escucharlo.
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