La marcha del fin de semana en Chihuahua dejó muchas lecturas. Algunas políticas, otras sociales y muchas profundamente emocionales. Pero quizá lo más revelador no fue la movilización en sí, sino la reacción que provocó.
Más allá de las consignas, de Morena, del PAN o de cualquier postura política, lo que realmente quedó expuesto fue el profundo desprecio social que existe entre sectores de la sociedad mexicana. Un desprecio que muchas veces se disfraza de análisis político, de sarcasmo o incluso de “sentido común”.
Tras la movilización del fin de semana, comenzaron a circular comentarios burlándose de quienes participaron. Que si eran acarreados, ignorantes, manipulables, conformistas o incapaces de razonar por sí mismos. Y aunque en democracia toda manifestación puede ser cuestionada, existe una enorme diferencia entre criticar una causa y deshumanizar a quienes forman parte de ella.
Ahí es donde la discusión deja de ser política y se convierte en algo mucho más preocupante.
Porque lo que estamos viendo no es solamente polarización, estamos viendo el nacimiento de un nuevo clasismo político.
Uno donde ya no importa únicamente cuánto dinero tienes, dónde vives o qué apellido llevas. Ahora también se clasifica a las personas según por quién votan. Como si las preferencias políticas determinaran el valor intelectual o moral de alguien.
Y eso es peligrosísimo para cualquier sociedad.
Durante muchos años en México existieron sectores acostumbrados a sentirse culturalmente superiores, personas convencidas de que ciertas opiniones sólo podían venir de gente preparada, “informada” o “correcta”; pero la llegada de movimientos populares como Morena rompió muchas de esas narrativas y alteró dinámicas que parecían intocables.
Eso incomodó a muchos.
Más allá de los resultados de gobierno, hay algo que una parte de la oposición todavía no termina de aceptar: que millones de personas apoyan este proyecto político no porque sean tontas, sino porque encontraron en él una representación emocional, social o histórica que antes no tenían.
Y claro que existe gente que critica al gobierno con argumentos válidos e inteligentes. Muchísima. Pero también existe otra parte que no debate: desprecia.
Que no intenta convencer: humilla, no discute ideas: ridiculiza personas.
Por eso creo que cuando una sociedad entra en esa lógica, el problema deja de ser electoral para convertirse en una fractura social mucho más profunda.
Lo más triste es que esta dinámica ya se volvió cotidiana. Hoy pareciera que cualquier conversación política termina reducida a etiquetas simplistas, si alguien apoya a Morena, entonces “vive de apoyos”, “no estudió” o “no entiende”. Si alguien critica al gobierno, automáticamente es “fifí”, “conservador” o “enemigo del pueblo”.
Todo se volvió absoluto.
Todo se volvió tribal.
Y entre más nos encerramos en esos extremos, más dejamos de ver al otro como ciudadano y comenzamos a verlo como enemigo.
Tal vez por eso las redes sociales se sienten cada vez más agresivas, porque ya no son espacios de discusión; son escenarios donde muchas personas buscan sentirse moralmente superiores a otras; importa más humillar que argumentar.
Lo preocupante es que esa arrogancia no construye democracia. La destruye.
México necesita oposición. Necesita crítica. Necesita ciudadanos que cuestionen al poder, sea del partido que sea. Pero también necesita algo que parece estar desapareciendo: la capacidad de reconocer humanidad, inteligencia y dignidad en quien piensa distinto.
Porque nadie fortalece al país ni a su democracia insultando ciudadanos comunes.
Nadie demuestra mayor preparación ridiculizando a quien tiene otra visión del país.
Y nadie gana realmente cuando el odio político termina convirtiéndose en odio social.
Quizá la polarización que vivimos no nació en las marchas, ni en las campañas, ni siquiera en los partidos políticos. Tal vez comenzó el día en que muchos empezaron a creer que sus ideas los hacían mejores personas que los demás.
Probablemente estemos presenciando el auge del clasismo más peligroso de todos.
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