VIVIR PEGADO AL BORDE

DE TÚ A TÚ Por César Calandrelly

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Hay algo extraño en vivir en una de las ciudades más industrializada del norte del país y tener que comparar el precio de los huevos entre puestos del mercado para que el dinero alcance. Sin embargo, esa es exactamente la vida cotidiana de miles de familias juarenses: una economía que en los foros empresariales se describe como potente, competitiva y estratégica, y que en la mesa de la cocina se experimenta como una carrera permanente contra la quincena. La frontera tiene esa doble cara que muy pocos se atreven a describir en su totalidad, porque siempre es más cómodo quedarse con una de las dos mitades.

La ventaja existe y es real. Juárez tiene el salario mínimo más alto de la historia del país: a partir de enero de 2026, la Zona Libre de la Frontera Norte establece una base de 440.87 pesos diarios, casi 40 por ciento por encima del salario general nacional. Hay empleo formal, hay maquiladoras, hay inversión extranjera directa que sigue eligiendo esta ciudad frente a otras. El Índice de Diversificación Económica Local alcanzó en octubre de 2025 su punto más alto en una década, lo que sugiere que algo, lentamente, está cambiando en la estructura productiva de la ciudad más allá de la manufactura pura. Todo eso es verdad y merece reconocerse.

Pero también es verdad lo otro. El 80.6 por ciento de los trabajadores formales de Juárez gana entre uno y dos salarios mínimos. Es decir, la gran mayoría de quienes sostienen esta economía viven en el rango más bajo de la escala salarial, en una ciudad donde los precios de la canasta básica, la renta y los servicios están jalados hacia arriba precisamente por la cercanía con El Paso. La inflación local cerró 2025 en 4.55 por ciento, casi un punto por encima de la media nacional. Y para colmo, el ajuste salarial de este año en la frontera fue del 5 por ciento, mientras el resto del país recibió un incremento del 13. La paradoja es brutal: la región que más caro vive es la que recibió el aumento más pequeño.

A eso hay que sumarle lo que pasó con el empleo en la maquila durante 2025, que fue un año de golpes duros y silenciosos. La industria manufacturera pasó de 326 mil empleos formales en su pico de 2023 a 259 mil en noviembre del año pasado, una pérdida de casi 67 mil plazas en dos años. La derrama salarial cayó cerca del ocho por ciento en apenas un mes, de octubre a noviembre, lo que se tradujo en 506 millones de pesos menos circulando en la economía local. Eso no es una estadística menor. Eso es el cierre de negocios, el retraso en rentas, la ropa que no se compra, el restaurante que queda vacío los viernes.

El problema de fondo es que Juárez construyó su modelo de desarrollo sobre una sola apuesta: ser imprescindible para la manufactura de exportación. Mientras esa apuesta ganó, todo funcionó. Pero el tablero cambió. Las políticas arancelarias del gobierno estadounidense, la automatización en las líneas de producción y la incertidumbre del tratado comercial entre México y Estados Unidos le recordaron a esta ciudad algo que siempre supo pero nunca quiso ver del todo: cuando tu economía depende de decisiones que se toman en Washington o en las oficinas corporativas de empresas transnacionales, tu margen de maniobra es más estrecho de lo que parece en los boletines de prensa.

La frontera le dio a Juárez una ventaja que ninguna otra ciudad del interior del país tiene. Pero esa misma frontera la hizo dependiente de un vecino que no toma sus decisiones pensando en el bienestar de los trabajadores del lado mexicano. Mientras la ciudad no desarrolle capacidades propias más allá del ensamble, mientras el grueso de su fuerza laboral siga atrapado en el rango salarial más bajo de una economía cara, la línea que nos separa de El Paso seguirá siendo las dos cosas a la vez: la mayor oportunidad que tenemos y la trampa en la que llevamos décadas viviendo sin llamarla por su nombre.

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